Liberalismo y Socialismo (Debate en la Teoría y en la Práctica)

Iván Carrino / Miércoles 16 de octubre de 2019 / 2 Comentarios

El siguiente ensayo, destacado con mención honorífica en el 14° Concurso de Ensayos de Caminos de la Libertad, busca contrastar ambos sistemas, el socialismo con el liberalismo, tanto en su versión teórica como en su versión práctica y establecer una vez más la superioridad del sistema liberal.

Índice de Temas:

1. Introducción a 30 años de la caída del Muro de Berlín

2. Socialismo y Capitalismo

3. Génesis socialista: la crítica de Marx a la explotación

4. El llamado a la Revolución

5. Ideal socialista: el programa de Bujarin

6. Falencias teóricas del socialismo

6.1 La teoría del valor y la explotación

6.2 Crítica a la anulación de la propiedad privada

6.3 Crítica a la centralización de la producción

 7. La alternativa: el capitalismo liberal

8. Liberalismo y socialismo en la práctica

9. Conclusión

Introducción a 30 años de la caída del Muro de Berlín

El 9 de noviembre de este año se cumplirán 30 años de la caída del Muro de Berlín, la construcción que dividió por décadas la Alemania Occidental de la Alemania Oriental. En su momento, se creyó que dicho evento había sido el golpe final contra cualquier intento de experimento socialista. Había llegado “el fin de la historia”, el mundo migraría hacia democracias liberales y economías capitalistas de manera inevitable.

No obstante, Latinoamérica vio recientemente un renacer del socialismo. Incluso Estados Unidos, otrora bastión de la libertad económica, hoy tiene en Bernie Sanders o en la congresista Alexandria Ocasio-Cortz, un resurgimiento de ideas socialistas.

El siguiente ensayo busca contrastar ambos sistemas, el socialismo con el liberalismo, tanto en su versión teórica como en su versión práctica y establecer una vez más la superioridad del sistema liberal.

Vaya él en homenaje a todas las víctimas de los regímenes totalitarios del pasado, el presente y el futuro, y a celebrar el trigésimo aniversario de un hito para la historia de la libertad.

Socialismo y Capitalismo

¿Es Venezuela un país socialista? Para una buena cantidad de personas la respuesta es indudablemente afirmativa. Empezando porque los propios dirigentes venezolanos dicen representar el “Socialismo” del Siglo XXI y siguiendo por el gran poder que el estado tiene sobre la economía y la sociedad, es frecuente que se concluya que, efectivamente, el país del norte de Sudamérica es una economía planificada o socialista.

No obstante este “saber popular”, en círculos más intelectuales y académicos la idea es discutida férreamente. En un reciente debate acerca de la moralidad del socialismo versus la moralidad del capitalismo, de hecho, gran parte del tiempo se cuestionó la idea de que en el país caribeño reinara el “verdadero socialismo”[1].

El lado socialista argumentaba que el régimen de Nicolás Maduro era capitalista, por lo que sus miserias debían ser atribuidas a dicho sistema. En la misma línea escribe el profesor de la Universidad de Buenos Aires, Rolando Astarita. En un extenso post del año 2013, sostuvo que “no hay que olvidar que Venezuela continúa siendo una economía capitalista. Estamos ante una combinación de capitalismo estatal y capitalismo privado”[2].

Los motivos de esta aseveración son los siguientes: “Hay que decirlo con todas las letras: los trabajadores venezolanos no solo son explotados por el capital privado. También son explotados por el Estado capitalista, y las empresas estatales. Un trabajador de PDVSA produce plusvalía; cuando los funcionarios se enriquecen desde las cumbres del Estado, están participando de la explotación de ese trabajador. Forman parte de la burocracia estatal capitalista.”

El debate en torno a Venezuela y el socialismo es una pequeña parte de un todo más extenso. Es que en la discusión más grande acerca de qué sistema de organización económica es más eficiente y justo, el socialismo suele descartar cualquier experiencia histórica de su aplicación como si dicha experiencia no pudiera afectar a la teoría. Frente a cada país que se usa como ejemplo del fracaso del socialismo, los socialistas argumentan que “eso no fue socialismo”.

El corolario de esto es que a pesar de numerosos fracasos “aparentes”, las ideas socialistas no deben abandonarse. Esto quiere decir, por supuesto, que tampoco deben abrazarse las ideas opuestas. Es decir, las del capitalismo y la libertad.

En el presente ensayo nos proponemos desmontar esta falacia. En primer lugar, analizaremos en profundidad la teoría marxista sobre la cual se basa el socialismo. Analizaremos las bases de su edificio teórico, para luego describir la propuesta práctica. Incluiremos aquí también los objetivos declarados del proyecto comunista.

Esto nos servirá para dejar en claro qué es el socialismo, tal como fue pensado e imaginado por sus propios y más destacados líderes intelectuales.

En segundo término, explicaremos las falencias que la propia teoría socialista presentó desde sus inicios y diferenciaremos sus ideas de la alternativa capitalista o liberal.

Por último, demostraremos que, incluso cuando la versión “teórica” no haya sido llevada a la práctica en un 100%, los ejemplos que suelen utilizarse para demostrar el fracaso del socialismo y la superioridad moral y económica del capitalismo son válidos e ilustrativos de las debilidades y fortalezas de cada uno de los sistemas comparados.

Génesis socialista: la crítica de Marx a la explotación

Podría decirse que el fundamento teórico más relevante del socialismo es el análisis económico que Karl Marx presenta en su obra magna, El Capital, publicada en 1867 bajo el título original Das Kapital – Kritik der politischen Ökonomie.

Marx expone allí la explicación del valor de las mercancías. Lo primero que aclara el autor es que para que una mercancía sea considerada como tal, debe primero ser una cosa útil. Es decir, un elemento que satisfaga una necesidad humana.

Siendo este el caso, entonces las mercancías tendrán dos aspectos fundamentales: un valor de uso y un valor de cambio. El valor de uso (la utilidad que reporta al usuario) es lo que convierte a la cosa en mercancía. Sin embargo, es el valor de cambio el que realmente importa a los efectos del análisis económico del pensador alemán.

El valor de cambio de una mercancía no es más que su precio, que aparece una vez dicha mercancía se comercia. Así, por ejemplo, 75 kilogramos de trigo se cambiarán por 100 kilogramos de hierro, manifestándose en el cambio el valor de ambos bienes.

Al observar la realidad de la producción y el intercambio, Marx concluía que en dichos acuerdos había “algo común”. Y que “prescindiendo de las propiedades naturales, del valor de uso de las mercancías, solo queda una cualidad: la de ser productos del trabajo”[3].

Es decir, toda mercancía era mercancía y tenía valor por ser producto del trabajo. Según la teoría de Marx, es el trabajo humano el que da origen al valor.

Para determinar la magnitud de ese valor, el autor crea el concepto de “tiempo de trabajo socialmente necesario”, que implica que no porque una persona tarde más en fabricar un bien, éste deba ser más caro. El tiempo socialmente necesario es “el tiempo que requiere todo trabajo ejecutado con el grado medio de habilidad e intensidad y en las condiciones ordinarias con relación al medio social convenido”[4].

Para clarificar, podría servir un ejemplo. Si en el año 1850 un trabajador promedio tardaba 8 horas en cosechar 2 toneladas de trigo, entonces ese era el tiempo de trabajo socialmente necesario para obtener dicha cantidad de trigo. En este sentido, si la productividad de la economía mejorara, y el tiempo necesario se redujera, entonces también caería el precio del trigo.

Así las cosas, las conclusiones de Marx no son diferentes de las de la economía tradicional. La productividad del trabajo influye en los precios.

Habiendo explicado que el origen del valor de las mercancías está en la cantidad de trabajo incorporado en ellas, Marx pasa a analizar la acumulación de capital.

Para hacerlo, distingue dos tipos de operaciones. Una primera operación, que podríamos coloquialmente llamar “de consumo”, tiene la forma “Mercancía-Dinero-Mercancía” (M-D-M). En ella, una persona vende un bien que le pertenece, para hacerse de dinero con el fin de comprarse el bien que efectivamente quería usar para satisfacer alguna necesidad.

El segundo tipo de operación, que podríamos denominar “de inversión”, es la que Marx cataloga como exclusiva de los capitalistas. Esta operación tiene la forma “Dinero-Mercancía-Dinero” (D-M-D’), puesto que el individuo adelanta un dinero, que destina a comprar bienes, que luego de una trasformación espera poder revender a un precio mayor. A la ganancia generada en este proceso Marx la denominó “plusvalía”.

O sea que la plusvalía es el beneficio del capitalista. La ganancia empresaria. Ahora bien, ¿de dónde proviene esta ganancia? ¿Es de la habilidad del empresario?

La respuesta de Marx es negativa. Según su teoría el capitalista para poder sacar provecho de su capital invertido debía encontrar algo que pudiera agregarle valor a la mercadería comprada para transformar o revender. Es decir, debía encontrar otra mercancía capaz de modificar el valor de cambio de la que había comprado como inversión.

Obviamente, esta mercancía sería la fuerza de trabajo. En sus palabras:

“Para obtener un aumento del valor cambiable por el uso de una mercancía sería indispensable que el capitalista tuviese la buena suerte de descubrir en la circulación una mercancía que poseyera la especial virtud de ser, por su empleo, fuente de valor cambiable, de tal modo que el hecho de usarla, de consumirla, equivaliera a crear valor.

El capitalista encuentra en el mercado una mercancía dotada de esta virtud especial. La mercancía en cuestión tiene por nombre potencia o fuerza de trabajo”[5].

Es decir, la plusvalía se genera en el proceso que está entre la inversión inicial (D), y la venta final del producto (D’). O sea, se da en el proceso de producción (M), donde el trabajo le agrega valor a la mercancía. La fuente del valor, consistentemente con lo dicho al inicio, es el trabajo.

Una característica de esta fuerza que otorga valor a las mercancías es que su dueño, el trabajador, se ve en la obligación de venderla, puesto que está “desprovisto de medios para la subsistencia y la producción, tales como materias primas, herramientas, etc. que le permitan satisfacer sus necesidades vendiendo las mercancías producto de su trabajo”[6]. Aparece aquí una división social entre los capitalistas, que tienen medios de producción, por un lado, y los proletarios o trabajadores, quienes desprovistos de medios de producción, no tienen otra alternativa que ofrecer su fuerza de trabajo para subsistir.

Marx pasa entonces a explicar la mecánica exacta de la generación de plusvalía, lo que deriva naturalmente en su teoría de la explotación. Para ello explica primero que el valor de la fuerza de trabajo se determinará como la “suma de los medios necesarios para la producción de la fuerza de trabajo” y también la de los sustitutos, “es decir, los hijos de los trabajadores”.

Es así que en el proceso de producción, el punto de partida es que el capitalista pagará al trabajador exactamente lo que éste necesite para cubrir sus medios de subsistencia y reproducción. El ejemplo que ofrece está graficado en el cuadro siguiente.

Se trata de un caso del proceso de transformación de algodón en hilo:

Concepto

Dinero

Jornadas

Horas de Trabajo

5 Kg. De Algodón

13 marcos

Desgaste Maquinaria

3 marcos

Costo de Mercadería

16 marcos

2 Jornadas Laborales

24 Hs.

Sustento del Obrero

4 marcos

½ Jornada

6 Hs.

Costo Total

20 marcos

2 y ½ Jornadas

30 Hs.

En el caso graficado, el capitalista invierte en 5 kilogramos de algodón, que implican un gasto de 13 marcos, a los que hay que añadirles 3 marcos por el desgaste de los instrumentos, y luego 4 marcos que son el pago que se hace al obrero para que cubra su nivel de subsistencia.

Ahora bien, si el obrero produce durante su tiempo de trabajo 5 kilos de hilado a partir del algodón, y el precio de esos 5 kilos es 20 marcos, entonces no se ha producido plusvalía. La clave, entonces, está en que el obrero produzca más tiempo del que necesita para su subsistencia.

Lo que dirá Marx ahora es que el trabajador cobra por media jornada, pero en realidad, como puede trabajar la jornada completa, hará eso por la misma paga, produciendo el doble. Consecuentemente, si en 6 horas produce 5 kilogramos de hilo, en 12 horas podrá producir 10.

Así las cosas, comprando 5 kilos adicionales de algodón y gastando 3 marcos más por el desgaste de los instrumentos, el capitalista podrá vender su producción a 40 marcos (20 marcos eran el precio de 5 kilos de hilado, 40 es el de 10), habiendo gastado solamente 36 (26 marcos en algodón, 6 marcos en desgaste de instrumentos, y 4 marcos en el salario del obrero).

Según el autor:

“El dueño [de la fuerza de trabajo] produce un valor equivalente en media jornada de trabajo, no significando esto que no puede trabajar una jornada entera ni producir más. Así, pues, el valor que la fuerza de trabajo posee y el que puede crear difiere en magnitud. En su Venta, la fuerza de trabajo realiza su valor determinado por los gastos del diario sostén: en su uso, puede producir en un día más valor del que ha costado. El capitalista ha tenido precisamente en cuenta esta diferencia de valor al comprar la fuerza de trabajo”[7].

Tras pagarle menos de lo que el trabajador produce, el capitalista explota al trabajador. La fuerza de trabajo “se vende en el mercado para ser explotada fuera del mercado, en el dominio de la producción”.

La teoría del valor marxiana y del surgimiento de la plusvalía lleva a comparar el trabajo asalariado con la esclavitud. De acuerdo con Marx, el sistema del salario “oculta” la verdadera naturaleza del trabajo. Dado que el trabajador percibe como salario los medios para su subsistencia y reproducción, pero puede trabajar por más horas que el tiempo que le exige generar dichos medios, entonces aparece una división entre “trabajo necesario” y “sobretrabajo” o entre “trabajo pagado” y “trabajo no pagado”. Los capitalistas no pagan al asalariado lo que a éste corresponde, explotándolo y llevándolo, ocultamente, a una relación similar a la de esclavitud.

En el capítulo XVII de El Capital, encontramos:

“El trabajo que el siervo ejecuta para sí y el que está obligado a ejecutar para su señor son perfectamente diferentes uno del otro. En el sistema esclavista, aun la parte de la jornada en que el esclavo reemplaza el valor de sus subsistencias y en la cual trabaja realmente para sí, no parece sino que trabaja para su propietario; todo su trabajo reviste la apariencia de trabajo no pagado. Lo contrario sucede con el trabajo asalariado; aun el sobretrabajo o trabajo no pagado afecta la apariencia de trabajo pagado. La relación de propiedad oculta en la esclavitud del trabajo del esclavo para sí mismo; en el asalariado, la relación monetaria encubre el trabajo gratuito que el asalariado produce para su capitalista”[8].

Es decir, el capitalista no solo paga al trabajador menos de lo que debería, haciéndolo trabajar gratuitamente para él. También lo engaña, ocultándole la verdadera naturaleza de la explotación.

A partir de esto se comprende por qué el socialismo condena duramente al sistema de acumulación capitalista. Porque en el proceso de acumulación, una clase, la de los propietarios, explota a otra, la de los trabajadores.

Por último, no solo eso. La producción manufacturera condena al trabajador a especializarse, alienándolo, y el sistema en general termina pauperizándolo:

En el sistema capitalista, en que los medios de producción no están al servicio del trabajador, sino el trabajador está al servicio de los medios de producción, todos los métodos para multiplicar los recursos y la potencia del trabajo colectivo se practican a expensas del trabajador individual, todos los medios de desarrollar la producción se transforman en medios de dominar y explotar al productor; hacen de él un hombre truncado, parcelario, o el accesorio de una máquina (…) sea el que fuere el tipo de los salarios, alto o bajo, la condición del trabajador debe empeorar a medida que el capital se acumula, de modo tal que acumulación y riqueza, significan acumulación igual de pobreza, sufrimiento, de ignorancia, de embrutecimiento, de degradación física y moral, de esclavitud…”[9]

El llamado a la Revolución

En El Capital, Marx desplegó extensamente su teoría económica. Sin embargo, ya en 1848 había llamado abiertamente a la acción para terminar con la dinámica de explotación capitalista.

En El Manifiesto Comunista, escrito junto a Friedrich Engels, Marx denuncia la lucha de clases de la sociedad y anticipa el fin inevitable del capitalismo, una vez que los obreros adquirieran conciencia de su clase y de su condición de explotados.

Para el economista alemán, “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases”[10]. Este patrón repetido a lo largo de toda la historia no pudo ser detenido por la sociedad burguesa, sino que simplemente había cambiado sus formas. De dividirse entre siervos y señores feudales, ahora la sociedad había pasado a dividirse entre burgueses y proletarios, o capitalistas y trabajadores.

“…nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase.  Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.”[11]

Para Marx y los marxistas, la burguesía era responsable de un enorme progreso material. En El Manifiesto, sostiene que “la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas”. En este sentido, no era lo mismo que el feudalismo. Sin embargo, en su existencia estaba depositada la semilla de su destrucción. Así como producto de los cambios en las condiciones materiales, el feudalismo debió ser reemplazado por el capitalismo, ahora el capitalismo venía a ser reemplazado por un sistema nuevo, distinto: el socialismo.

Una prueba de que el sistema de la burguesía estaba condenado a su final eran las crisis comerciales. En dichas crisis el marxismo ve “fuerzas productivas que se re que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad”. Esto supone “un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda”[12].

Es que junto con el desarrollo del capitalismo y la burguesía, también se desarrollaba una creciente clase proletaria, naturalmente explotada por el capital, pero que cada vez está más unida y consciente de esa condición de semi-esclavitud que describiéramos más arriba.

“Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.

Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores.  Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.”[13]

Presentado el caso en favor de los proletarios, Marx sostiene que el partido comunista es el representante más fiel de los intereses de la clase explotada por la sociedad burguesa.

En El Manifiesto, propone tres acciones necesarias para que el partido comunista lleve a cabo. La primera es generar conciencia de clase. Como decíamos más arriba, la explotación capitalista se da de una forma oculta, por lo que la tarea del partido es explicar el mecanismo de la explotación, de modo que los proletarios efectivamente se rebelen contra el sistema.

La segunda acción es derrocar al régimen de la burguesía, de manera de efectuar la tercera acción: llevar al proletariado al poder. ¿Y para qué quiere obtenerse dicho poder? Pues para “conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción, aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos”. En pocas palabras, que el comunismo puede resumirse en esta fórmula: “abolición de la propiedad privada”[14].

Obviamente, esto implicará, al menos temporariamente, el fin de la democracia y la instauración de una dictadura, o una “acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción”[15].

El planteo puede agradar más o menos. Pueden destacarse sus defectos o virtudes. Sin embargo, no puede decirse que no sea coherente. Partiendo de la base de que el esquema de producción capitalista se basa en la explotación de un trabajador que, desprovisto de otros medios, debe por obligación vender su fuerza de trabajo en el mercado, urge la necesidad de subvertir dicho esquema corrupto e injusto.

Así, la migración de un esquema de propiedad privada a uno de “propiedad colectiva” es necesaria tanto desde el punto de vista de la justicia como de la eficiencia. La explotación burguesa no es solo injusta, también está condenada a terminar en crisis recurrentes.

Por último, si en el transcurso de esta migración hay violencia o despotismo, son daños menores comparados con los que genera el statu-quo.

Ideal socialista: el programa de Bujarin

50 años después de la publicación del primer tomo de El Capital y 69 más tarde de la salida de El Manifiesto, ocurre en Rusia la Revolución Bolchevique, que termina con el reinado de los zares e instaura una dictadura comunista.

Años después, en 1920, Nicolai Bujarin, miembro del buró político del comité central del Partido Comunista de la URSS entre 1924 y 1929 y Secretario General de la Internacional Socialista entre 1926 y 1929, publicó un extenso trabajo, titulado “El ABC del Comunismo”[16].

En él no solo sintetizaba las ideas principales del marxismo, sino que también delineaba un escenario futuro para lo que el comunismo significaría en la práctica. Tal vez el párrafo más optimista que uno pudiera encontrar sea el que transcribo a continuación.

Sostiene Bujarin:

“El método comunista de producción generará un enorme desarrollo de las fuerzas productivas. Como resultado, ningún trabajador en la sociedad comunista tendrá que trabajar tanto como antes. El día de trabajo será cada vez más corto, y la gente podrá liberarse progresivamente de las cadenas impuestas por la naturaleza. Tan pronto como el hombre pueda gastar menos tiempo en alimentarse y vestirse, podrá dedicar más tiempo el trabajo de su desarrollo mental. La cultura humana escalará a niveles jamás vistos previamente. Al mismo tiempo que desaparezca la tiranía del hombre sobre el hombre, también desaparecerá la tiranía de la naturaleza. Los hombres y las mujeres por primera vez podrán vivir una vida digna de seres pensantes, en lugar de una de bestias brutas”[17]

La promesa es, como se observa, formidable. No solo la revolución comunista terminaría con la explotación y la lucha de clases denunciada por Marx. No solo la instauración del socialismo acabaría con las crisis recurrentes que son producto del capitalismo y la libre competencia, sino que por el enorme desarrollo productivo que se dará, los ciudadanos alcanzarían niveles de bienestar jamás imaginados.

Antes de llegar a esta conclusión, Bujarin repasa los principales aportes de Marx y destaca que el capitalismo es un sistema en declive por dos contradicciones fundamentales. La primera, la anarquía de producción, que llevaba a crisis recurrentes. La segunda, la lucha de clases. Esto hace del sistema uno “malévolo, injusto y bárbaro”. Su destrucción es inevitable.

En contraposición con este esquema aparece el comunismo, que ofrece una centralización total de la producción en lugar de la denunciada anarquía, y una sociedad sin clases, donde ninguna se imponga por sobre la otra. Al menos ese es el ideal de largo plazo.

En el corto plazo, o en el período que podríamos denominar “de transición” desde el capitalismo al socialismo, domina la dictadura del proletariado.

Según Bujarin, son al menos dos o tres generaciones que deben pasar dominadas por el estado proletario hasta que recién cuando “todo vestigio del pasado capitalista” desaparezca, el estado podrá dejar de existir.

Las implicancias para la libertad de esta propuesta no son relevantes para los teóricos del socialismo. En “El ABC…” se explica claramente que:

“El proletariado no puede destronar el viejo mundo a menos que tenga el poder en sus manos, a menos que por un tiempo se convierta en la clase dominante. Obviamente, la burguesía no abandonará su posición sin lucha…

Para la burguesía, el comunismo significa la pérdida de su viejo poder, la pérdida de su ‘libertad’ para sacar sangre y sudor de los trabajadores, la pérdida de su derecho a la renta, el interés y la plusvalía (…) la transformación comunista de la sociedad es ferozmente resistida por los explotadores”[18].

Precisamente por esto, añade Bujarin, es que el proletariado necesita gobernar bajo la forma de una dictadura. Debe poder destruir a sus enemigos.

Ahora bien, toda esta destrucción se justifica por la superioridad del sistema de organización social al que se apunta. La propiedad común de los medios de producción terminaría con la explotación y daría lugar a un nuevo método de producción.

Dicho método se basaría en la producción estatal como si se tratara de una gigantesca cooperativa. Bujarin explica que en dicho arreglo “los productos no se intercambian unos por otros, no se venden ni se compran” sino que se almacenan en “depósitos comunales” para luego distribuirse.

Obviamente, esto generaba la duda acerca de si no habría casos en donde unos recibirían más de lo que necesiten mientras que otros recibirían menos. Pero Bujarin responde que eso podría resolverse con “veinte o treinta años de regulaciones”, las cuales finalmente no serían necesarias, puesto que el comunismo, una vez consolidado, produciría una “amplia cantidad de todos los productos”, y todos podrían adquirir tanto cuanto necesiten.

Por último, el fin de la propiedad privada y la centralización de la misma en manos del estado proletario, terminaría también con la especialización productiva que, para Marx, derivaba en “alienación”.

Para Bujarin, en la sociedad comunista las personas se sentirán cómodas en muchas y diversas áreas de la producción sin que ocurra que quien nace zapatero, zapatero deba permanecer.

Llegamos con esta descripción al final de la primera sección de este ensayo. Hasta aquí entonces queda definido qué es y qué proponía el socialismo tal como lo describieron Marx y los intelectuales marxistas.

La sociedad capitalista es una sociedad basada en la explotación. La división entre capitalistas y trabajadores es injusta y da lugar a una economía inestable que lleva al sistema a su propio fin. Nace entonces la necesidad del comunismo, que no solo terminará con la explotación, sino que dará lugar a una suerte de paraíso terrenal.

Si llegar a ese objetivo implica que haya víctimas, el socialismo considera que es un costo a pagar razonable, ya que en el futuro el bienestar alcanzará a toda la humanidad.

Visto así, ¿cómo no enamorarse de esta idea?

Falencias teóricas del socialismo

La teoría del valor y la explotación

Tras repasar las bases del edificio teórico socialista es necesario examinarlas ahora de forma crítica. Es que si se demostrara que la teoría es errónea, se extraerían de allí dos consecuencias. En primer lugar, que su crítica al capitalismo no sería válida. En segundo lugar, que la aplicación de la teoría a la realidad resultaría en un descalabro.

Comencemos entonces con la teoría del valor trabajo, que deriva naturalmente en la denuncia de explotación. Aparecen aquí tres objeciones fundamentales para hacerle.

La primera es la que realizara en 1871 Carl Menger, cuando describió al valor como independiente de todo trabajo y material incorporado en una mercancía. Para Menger, el valor de un bien está dado por la utilidad que ese bien le reporta al sujeto que lo consume y no a “la cantidad de trabajo o de otros bienes de orden superior utilizados para la producción”[19]. O sea que para Menger, el “valor de uso” que Marx desestima como fuente de valor, es el principal determinante del mismo.

Y he aquí un caso curioso. Marx no desconoce que el valor de uso de una cosa sea relevante para que ésta tenga valor. De hecho, aclara específicamente que para que una cosa sea una mercancía, debe tener utilidad. Ahora, ¿por qué después de admitir esto sostiene que el valor está dado por la cantidad de trabajo incorporado?

Desde nuestro punto de vista, ingresa él en una contradicción. Es que la utilidad de los bienes debe ser descubierta, no es algo que esté dado a priori. Si al día de hoy nos planteamos un ejemplo donde un buzo se sumerge para levantar tanto una perla como una simple roca del fondo del mar, podemos suponer que tardando el mismo tiempo de trabajo, se obtienen dos mercancías que tienen diferente valor.

A este ejemplo Marx respondería que eso no afecta su teoría, porque para que sean mercancías, éstas deben ser útiles. Es decir, la piedra es a todas luces inútil, por lo tanto el trabajo incorporado en ella también lo es.

No obstante, esto no es posible de hacer en toda la gama de nuevos productos y descubrimientos que día a día realizan los empresarios en un mercado. Es que el “valor de uso” de los bienes debe ser descubierto en un proceso de mercado. En un proceso de prueba y error, donde los empresarios, trabajando en conjunto con los trabajadores, crean productos y esperan que los clientes los consideren “cosas útiles”.

En este orden de cosas, es imposible que el trabajo sea el que otorgue valor a la cosa independientemente de la utilidad que la cosa reporte. Uno puede incorporar mucho trabajo en un bien nuevo, pero si el mercado no lo juzga como “útil”, entonces carecerá de valor más allá de todo el trabajo y los materiales invertidos en su producción.

Finalmente, y volviendo a Menger, es la utilidad que genera la cosa la que le da valor. Y es ese valor el que justifica que incurramos en el costo que implica producirla.

Una segunda objeción que debe hacerse es a la idea de que los trabajadores de alguna manera no son libres de elegir no ser explotados. Como vimos en las páginas anteriores, el marxismo considera que el trabajador está desprovisto de medios de producción, por lo que solo dispone de la alternativa de ofrecer en el mercado su fuerza de trabajo.

Antes de ir a la crítica económica a este argumento, debe quedar claro que incluso cuando alguien tenga que tomar una decisión con pocas alternativas, eso no implica que se viole su libertad. Es decir, en la forma en que generalmente se entiende el concepto de libertad, se es libre si no existe una tercera persona que esté coaccionando la acción. Ahora esa libertad no implica ausencia de restricciones. Uno es libre de tirarse de un quinto piso, pero no es libre de las consecuencias que ello implica.

Análogamente, uno es libre de no ingresar en una empresa para no ser explotado, pero si eso implica permanecer sin trabajo y sin ingresos, entonces no es libre de las consecuencias negativas que eso tendrá en su salud y su condición de vida.

O sea, es falso decir que porque una persona no cuenta con determinados medios de producción o supervivencia, entonces no es libre.

Aclarado esto, la idea de desposesión de medios de subsistencia que ofrece Marx también es errada. Es que, para empezar, ignora el concepto de capital humano, que es cada vez más relevante para entender el progreso económico de la sociedad moderna. El capital humano hace a todas las cualidades físicas e intelectuales de una persona que le permiten no solo subsistir, sino progresar y vivir mejor. El capital humano es lo que le permitió a Robinson Crusoe sobrevivir en su isla desierta, pero también es lo que hizo que Steve Jobs cree Apple y Bill Gates cree Microsoft. Es decir, más allá de no tener medios materiales como máquinas o fábricas, todo individuo cuenta con un capital humano que le permite pensar. Cuanto más grande sea dicho capital, más le pagará el mercado por usarlo y mejor será su nivel de vida.

Además del capital humano, si uno piensa en la sociedad actual, los medios de producción están cada vez más al alcance de la mano. Hoy con un ordenador o un teléfono celular se pueden ofrecer servicios en la economía capitalista y las barreras de entradas para obtener estos “medios de producción” son infinitamente más bajas que en cualquier época pasada. Por otro lado, el boom de la economía colaborativa también permite que los individuos conviertan sus bienes de consumo en bienes de producción[20].

Es decir, incluso en términos de Marx, esa falta de libertad dada por la “desprovisión” de medios de producción es cada vez menor en una  economía capitalista. La economía capitalista, de hecho, democratiza el acceso a medios de producción, no solo a los de consumo.

Además, la evidencia empírica ha refutado la idea de Marx. De acuerdo con sus escritos, los capitalistas pagarían salarios de subsistencia, lo que les permitiría extraer plusvalía y reproducir el esquema de explotación. No obstante, se observa con claridad que los salarios en una gran cantidad de oportunidades no son de subsistencia. Ya Menger en su época observaba que “muchas de las prestaciones laborales de un trabajador no pueden intercambiarse ni siquiera por los medios de subsistencia más imprescindibles, mientras que hay, en cambio, otros trabajos por los que se reciben cantidades de bienes que superan fácilmente diez, veinte y hasta cien veces lo necesario para garantizar la subsistencia de un ser humano”[21].

Hoy ocurre lo mismo. Hay salarios que apenas cubren la línea de la pobreza a nivel global, pero también existen muchos que la superan por 10 o 50 veces.

Y son esos salarios los que, en la medida que permiten a cualquier trabajador ahorrar y acumular un capital para sí, le dan la posibilidad de transformarse, si así lo desea, en un capitalista. Es decir, el esquema de acumulación capitalista no profundiza la diferencia entre las clases, sino que permite que proletarios se transformen en capitalistas. Insistimos, democratiza el acceso al capital.

Por último, debemos enfatizar que cualquier texto de economía sostiene que el salario tiende a igualarse con la productividad marginal del trabajo. Es decir, en una economía competitiva, el empleador estará dispuesto a pagarle a su empleado hasta donde éste le aporte a la empresa.

Es decir, si sumar un trabajador más por día genera 4 marcos diarios, entonces el capitalista estará dispuesto a ofrecerle hasta 4 marcos para tenerlo en su fábrica.

Esto nos lleva al ejemplo del algodón transformado en hilo que ofrece Marx. En una economía capitalista, una fábrica competidora de la que se pone como ejemplo podría razonar en los siguientes términos: “Si este trabajador recibe 4 marcos, pero produce por un valor de 8, yo podría ofrecerle 5, o incluso 6, para que venga a trabajar a mi fábrica”.

Obviamente, cuantas más empresas haya y más información relevante se encuentre, más se igualará la productividad marginal con el salario. Por tanto, la situación de Marx es un imposible técnico. Es un ejemplo de una situación que el mercado corrige en situación de competencia. En concreto, si un trabajador gana por debajo de lo “que vale”, la competencia eliminará esta situación, y el trabajador irá donde mejor retribución reciba.

Ahora paradójicamente, para que esto ocurra debe prevalecer una economía liberal y capitalista, que fomente la instalación y proliferación de empresas en el mercado.

Crítica a la anulación de la propiedad privada

Como detallamos más arriba, el proceso de acumulación de capital es el principal eje de rechazo de la teoría marxista. En el proceso de acumulación (D-M-D’) se origina la plusvalía, y ahí aparecen la explotación y la alienación del trabajador.

Expropiar los medios de producción aparece como la solución más radical a este supuesto problema. Como nos dice Bujarin, esto no solo terminará con la tiranía del hombre contra el hombre, sino también con esa especialización que embrutece al trabajador.

Ahora bien, esto implicaría en primer lugar acabar con la productividad de la economía. Fue nada menos que Adam Smith quien abrió su obra magna con el ejemplo de la fábrica de alfileres. Lo que plantea Smith es que en la medida que existe la división del trabajo dentro de una fábrica, se puede producir muchas más cantidades en la misma cantidad de tiempo. Si en lugar de que una persona realice todo el proceso productivo, el mismo se divide en pequeñas y sencillas tareas, entonces cada trabajador podrá especializarse, optimizando los tiempos.

Llevado al plano de la economía general, ocurre lo mismo. La especialización, derivada de la división del trabajo, genera un aumento de productividad. Y la prosperidad de una economía depende de su productividad. En la medida que las sociedades puedan producir más con menos, mejor será su calidad de vida. Al referirse a las “energías productivas” que ha creado la burguesía, de hecho, Marx se refiere precisamente a esto. Es una lástima que en su propuesta intente eliminar el pilar fundamental que da lugar al aumento de la productividad. Es decir, la propiedad privada.

En segundo lugar, un esquema que no acumule capital en manos privadas no puede crecer, y si no puede crecer no puede tener progreso material. Al eliminar la base fundamental de la prosperidad material que es la propiedad privada, el comunismo está condenado al fracaso y todas sus promesas condenadas a incumplirse.

Crítica a la centralización de la producción

Una  última crítica que se debe realizar a la teoría socialista es la que hicieran Ludwig von Mises y F.A. Hayek en el Siglo XX. En diferentes trabajos, estos economistas buscaron demostrar que, incluso asumiendo las mejores intenciones de los líderes políticos y los agentes económicos, los medios propuestos por el comunismo eran inconducentes para alcanzar los fines.

Es decir, que con propiedad comunal de los medios de producción sería literalmente imposible alcanzar ese mundo de superabundancia y post-escasez que planteaba Bujarin como objetivo del comunismo.

El meollo de la crítica fue el sistema de precios. En un mundo sin propiedad privada de los medios de producción, éstos no tendrían precios de mercado. De acuerdo con Mises, la no existencia de esta herramienta hacía imposible el cálculo económico, que es una institución fundamental para la economía de mercado por su rol en la asignación de recursos.

¿Qué quiere decir esto?

Los precios de mercado son los que permiten a los empresarios realizar cálculos de costo beneficio. Dado que los insumos tienen un precio, y los productos finales también, una vez realizada la producción y la venta, el empresario puede ver si su ventura le suma, o no, a su riqueza.

En este marco, si el cuadro de pérdidas y ganancias ofrece un resultado positivo, entonces el empresario sabrá que está generando riqueza para sí, pero también para toda la sociedad. En definitiva, el precio es una retribución que el cliente voluntariamente ofrece al capitalista. Si él gana, ambos ganan. De lo contrario, la transacción no se realizaría.

Ahora bien, si el cuadro arroja una pérdida, entonces la señal indica que el empresario está consumiendo recursos valiosos para la sociedad (insumos) en la producción de bienes que la sociedad no valora tanto como para justificar la empresa. Enfrentado a esta situación, no le quedan muchas alternativas más que buscar otros insumos o abandonar el proyecto, liberando los recursos para otras iniciativas más valoradas.

El sistema socialista, al eliminar la propiedad privada, elimina el intercambio de donde surgen los precios. Toda producción queda en manos del organismo central de dirección. En palabras de Bujarin, la producción al hace una cooperativa gigantesca, y los productos ni se compran ni se venden.

Obviamente, este esquema hace inviable la eficiencia porque no se puede saber qué medios adecuar a qué fines. Un ejemplo clásico de Mises es la construcción de un puente. Sin precios de mercado: ¿cómo saber si dicho puente debe realizarse con hormigón o con oro? El socialismo en economía tomará esas decisiones como si fueran “tanteos en la oscuridad”, por tanto su performance será siempre inferior a la del capitalismo[22].

Como se observa hasta aquí, en el plano teórico el marxismo deja mucho que desear. La teoría del valor trabajo fue duramente cuestionada por Menger en 1871 y tras ello dejó de tener relevancia dentro de la corriente principal de pensamiento económico. Por otro lado, la explotación se basa en un concepto de libertad que parecería negar los condicionamientos básicos que la naturaleza impone a los seres humanos. Toda decisión está sujeta a restricciones, pero esas restricciones no son culpa del capitalismo.

Por otro lado, inhibir la acumulación de capital es equivalente a “tirarse un tiro en el pie”, puesto que si lo que se busca es mejorar la condición de vida de los ciudadanos, no hay mejor vía para hacerlo. Esto incluso beneficia a trabajadores, quienes pueden acceder a más bienes y servicios, o también pueden volverse capitalistas.

Finalmente, el socialismo presenta una incapacidad para alcanzar los fines que él mismo se propone. La producción centralizada de la economía, al eliminar los precios de mercado, impide la correcta coordinación de los agentes económicos y por tanto la correcta asignación de recursos.

La alternativa: el capitalismo liberal

Analizada la teoría socialista y hecho un examen crítico de sus principales falencias, corresponde ahora hacer un comentario sobre cuál ha sido y sigue siendo el sistema alternativo. Es que por más que entre los extremos haya una innumerable cantidad de intermedios, el debate sigue estando entre socialismo, por un lado, y capitalismo o liberalismo por el otro.

Así que describamos de qué se trata este sistema.

Podría decirse que el liberalismo económico nace con la crítica de Adam Smith al mercantilismo imperante de su época. El mercantilismo consideraba que la riqueza de una nación dependía de la acumulación de oro y plata y, por ello, otorgaban al gobierno un rol principal en el control  de sus flujos[23]. El gobierno debía intervenir en el comercio internacional, fomentando exportaciones y, fundamentalmente, restringiendo importaciones.

Smith se opuso a este sistema. Sobre las restricciones al comercio internacional consideró que generaban monopolios internos contrarios a los conciudadanos y que producir adentro lo que podía conseguirse más barato afuera era poco sensato.

Para Smith:

“Lo que es prudencia en el gobierno de una familia particular, raras veces deja de serlo en la conducta de un gran reino. Cuando un país extranjero nos puede ofrecer una mercancía en condiciones más baratas que nosotros podemos hacerla, será mejor comprarla que producirla…”[24]

El pensamiento de Smith sobre las importaciones se enmarca en una concepción más general acerca del rol del estado en la sociedad y la importancia de la iniciativa privada para el florecimiento de una nación.

A diferencia de la versión marxista, Smith y los liberales posteriores a él no ven en la sociedad un conflicto de clases, sino todo lo contrario: una armonía de intereses individuales, donde la persecución del bienestar de un individuo termina, aunque sin haber sido así planificado, beneficiando a los demás.

Esta idea la popularizó Smith con el ejemplo del carnicero y el cervecero, cuando afirmó que:

“No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad, sino a su propio beneficio”[25].

La frase resume lo que para los liberales es el corazón del sistema capitalista. Un sistema que, como está basado en la propiedad privada de los medios de producción, alinea los intereses individuales de las diferentes personas y grupos de la sociedad.

Para que al carnicero le vaya bien, en una economía donde los derechos de propiedad sean inviolables, también le tiene que ir bien a sus clientes. Debe haber producción e intercambio voluntario, y en ese proceso no hay plusvalía o explotación, sino mutuo beneficio.

El liberalismo, entonces, sostiene como principal valor la libertad de disponer de uno mismo y de los bienes que pueda conseguir en paz y en acuerdos libres con otros. Esa libertad genera los incentivos que alinean los intereses individuales y, como consecuencia no deseada, aumenta la productividad de la economía.

La fábrica de alfileres de Smith solo es posible si “el propio interés” del dueño de la fábrica lo mueve a aumentar su ganancia. Y esa búsqueda solo se dará si ni el gobierno, ni un ladrón o un grupo de ladrones, puede amenazar su derecho de propiedad.

Smith le otorgaba al gobierno un rol muy limitado. De acuerdo con el escocés:

“Todo hombre, con tal que no viole las leyes de la justicia, debe quedar en perfecta libertad para perseguir su propio interés como le plazca, dirigiendo su actividad e invirtiendo sus capitales en concurrencia con cualquier otro individuo o categoría de personas (…)

Según el sistema de la libertad natural, el Soberano únicamente tiene tres deberes que cumplir, los tres muy importantes pero claros e inteligibles al intelecto humano: el primero, defender a la sociedad contra la violencia e invasión de otras sociedades independientes; el segundo, proteger en lo posible a cada uno de los miembros de la sociedad de la violencia y de la opresión de que pudiera ser víctima por parte de otros individuos de esa misma sociedad, estableciendo una recta administración de la justicia; y el tercero, la de erigir y mantener ciertas obras y establecimientos públicos, cuya erección y sostenimiento no pueden interesar a un individuo o a un pequeño número de ellos, porque las utilidades no compensan los gastos…”[26]

La teoría liberal entonces queda relativamente bien delineada. Se basa en la propiedad privada de los medios de producción y un estado limitado a preservarla, protegiéndola de ataques internos y externos. Smith también sugería un rol para el gobierno en la construcción de ciertas obras públicas o incluso escuelas, pero eso no anulaba su visión de un estado absolutamente mínimo en cuanto a su injerencia en asuntos económicos.

Para el padre del liberalismo, “Poco más se necesita, para llevar a una nación a su máximo grado de opulencia, desde la barbarie más baja, que la paz, bajos impuestos y una tolerable administración de justicia”[27].

Finalmente, entonces, la propiedad privada y un estado limitado que proteja esa propiedad son las bases que generan las condiciones para el avance de la producción. El liberalismo genera así los incentivos necesarios para que los individuos desplieguen su capacidad creativa, acumulen capital y lo vuelquen a la producción destinada a satisfacer necesidades.

A su vez, la libre competencia en lugar de generar crisis, fuerza a todos a mejorarse día a día, ofreciendo nuevos y mejores bienes y servicios para los demás, y también mejores y más eficientes formas de producción. El resultado final es una mejora continua de las condiciones de vida de la población.

Liberalismo y socialismo en la práctica

Hemos visto hasta acá las principales características de dos sistemas radicalmente opuestos. El socialismo, por un lado, y el liberalismo por el otro[28].

En el cuadro que incluimos aquí abajo, podemos observar las más destacadas diferencias tanto en términos de fundamentos teóricos, como de propuestas prácticas, objetivos y valores.

Concepto

Socialismo

Capitalismo

Valor

Surge del trabajo

Surge de la utilidad

Explotación

La sufren los trabajadores, por los capitalistas

No existe tal cosa, son acuerdos de mutuo beneficio

Propiedad privada de medios de producción

Debe expropiarse. Es la fuente de explotación y crisis económicas.

Debe estar en manos privadas. Es la fuente de incentivos que generan progreso material.

Acumulación de Capital (generación de lucro)

Fuente de plusvalía. Debe prohibirse o dejarse en manos del estado proletario.

Fuente de crecimiento económico. Factor que posibilita la mejora de los salarios.

Expropiación de la Propiedad

Generará sociedad de post-escasez y acabará con la explotación.

Generará caos económico y empobrecimiento de individuos y naciones.

Libertad

Diferencia entre la “libertad burguesa” para explotar y libertad que para los trabajadores no existe porque no tienen medios de subsistencia.

La libertad es una sola, y es la ausencia de coacción para llevar adelante los planes individuales.

¿Puede haber evidencia empírica que sostenga una u otra visión? Si desde el plano teórico hemos intentado demostrar que hay superioridad del capitalismo, ¿habrá elementos históricos que permitan ilustrar con mayor fuerza estas conclusiones?

La respuesta es afirmativa.

En un trabajo de 2005, los profesores Peter J. Boettke y Peter Leeson resumieron una serie de medidas que Vladimir Lenin tomó durante lo que se conoció como el período del “Comunismo de Guerra” en los primeros años de la Unión Soviética[29].

Las medidas más importantes, fueron las siguientes:

Fecha

Medida

8 de noviembre de 1917

Decreto confisca y elimina la propiedad privada de la tierra

27 de noviembre de 1917

Se emite decreto de Control de la Producción por parte de los Trabajadores

27 de diciembre de 1917

Se declara la nacionalización del sistema bancario

15 de enero de 1918

Se declaran ilegales el pago de intereses y dividendos, así como el comercio de acciones y bonos

16 de enero de 1918

Declaración de Derechos de los Trabajadores y Explotados, busca eliminar la explotación del hombre por el hombre

1 de mayo de 1918

Se elimina la herencia

22 de marzo de 1919

Octavo Congreso del Partido exige una mayor centralización de la economía

29 de noviembre de 1920

Decreto del Consejo Económico Supremo nacionaliza las pequeñas industrias.

Como se puede ver con claridad, las medidas tomadas por Lenin durante los primeros años de la Revolución Bolchevique siguieron al pie de la letra el libreto de Marx, Engels y Bujarin.

Ahora tal como podía haberse anticipado por la crítica liberal, las medidas fueron un absoluto fracaso que hundió a Rusia en la miseria. El PBI per cápita relativo al de Estados Unidos, que previo a la revolución estaba en 40% cayó en 1921 al 14%, un desplome fenomenal.

Gráfico. PBI per Cápita de la Unión Soviética relativo a EE.UU.

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Fuente: Elaboración propia en base a Angus Maddison.

Sin incentivos para producir, y sin precios para organizar la que podía hacer el estado, la productividad se desplomó, y con ella la producción y la riqueza. El experimento terminó con la hambruna de 1921, que se cobró la vida de nada menos que 6 millones de personas.

De acuerdo con William Chamberlin, “el Comunismo de Guerra puede razonablemente ser considerado uno de los fracasos más grandes y abrumadores de la historia. Todas las ramas de la vida económica, la industria, la agricultura, y el transporte experimentaron un conspicuo deterioro y cayeron por niveles inferiores a los previos a la Guerra”[30].

El comunismo soviético se extendió por muchos años más. Después de la Nueva Política Económica, vino la industrialización forzada de Stalin, donde Rusia luchaba por ganar la carrera armamentística, al  tiempo que seguía sin poder alimentar a su población.

En una mirada de largo plazo, el sistema económico y social que había llegado para destronar al capitalismo no logró superarlo en ningún aspecto. Para el año 1990, el PBI per cápita relativo al de Estados Unidos se encontraba en 38%, incluso por debajo del alcanzado dos años antes de la revolución inspirada en Marx.

¿Qué decir entonces del presente?

Si miramos el caso de Venezuela, observamos que aún existen cámaras empresariales así como medios de producción en manos privadas. ¿Ahora cuánto se ha restringido y lesionado el derecho de propiedad desde el inicio del “Socialismo del Siglo XXI”?

Con inflación, controles de precios, expropiaciones y límites estrictos a la libertad de expresión, es claro que en Venezuela no predomina un esquema de organización liberal o capitalista. La propiedad privada está continuamente amenazada.

Es que tal como escribí recientemente siguiendo a Mises, Venezuela parece ser un caso de “socialismo de tipo alemán”:

“El socialismo de tipo alemán, si bien en apariencia era distinto, en esencia era exactamente igual [al socialismo a secas]. Incluso cuando la propiedad de los medios de producción quedara en manos de los capitalistas, lo cierto es que el estado controlaba todas las decisiones económicas, por medio de decretos, regulaciones y gasto público.

La explicación de Mises sobre el socialismo alemán sorprende por su vigencia y aplicación a la realidad de la Venezuela actual. Desde su punto de vista, cuando los gobiernos generan inflación e imponen controles de precios, ingresan en un camino donde el intervencionismo crece inevitablemente.

Al controlar los precios de un bien, aparece la escasez de ese producto. Para “resolver” ese nuevo problema, el gobierno decide controlar los precios de los insumos, generando ahora un faltante en esa área de la economía. Finalmente, como no dan marcha atrás, el gobierno pasa a controlar cada vez más y más áreas.

Al llegar a este punto, el socialismo queda instalado. Según Mises:

Cuando se alcanza este estado de control completo de los negocios, la economía de mercado se ha visto reemplazada por un sistema de economía planificada, por socialismo. Por supuesto, no es el socialismo de gestión directa de toda fábrica por el estado, como en Rusia, sino el socialismo del patrón alemán o nazi.”[31]

En conclusión, los socialistas pueden buscar desligarse de los modelos fracasados arguyendo que aún persiste la propiedad privada, o que las empresas estatales explotan a los trabajadores tal como lo hacen las capitalistas. Pero en esencia el modelo que predomina en Venezuela, en Cuba, el prevaleció en la Unión Soviética, o incluso las versiones moderadas de socialismo que tuvieron lugar en Argentina o Ecuador tienen muchas más similitudes con las ideas de Marx, Engels y Bujarin que con las de Smith, Mises y Hayek.

Si en un extremo del espectro estuviera el capitalismo teórico y en el otro el socialismo teórico, es evidente que estos casos prácticos están mucho más cerca del segundo que del primero.

¿Ahora qué ocurre en el otro extremo?

Aquí, claro, también resulta difícil encontrar en la práctica un sistema liberal o capitalista que lo sea al 100%. Sin embargo, vale la pena leer lo que el economista e historiador Lawrence Reed escribió sobre Hong Kong.

De acuerdo con Read, en Hong-Kong existe:

“Un poder judicial eficaz e independiente. Respeto por el imperio de la ley y los derechos de propiedad. Un sistema fiscal sencillo con tasas bajas tanto para los individuos como para las empresas y una presión fiscal global que es un mero 14% del PBI (la mitad de la tasa de los Estados Unidos). No hay impuestos sobre las ganancias de capital o los ingresos por intereses, ni siquiera sobre los ingresos procedentes de fuera de Hong Kong. No hay impuesto sobre las ventas ni tampoco IVA. Un pequeño toque regulatorio. Inexistente déficit presupuestario y una deuda pública casi inexistente. Ah, y no se olvide de su tasa arancelaria promedio de cerca de cero. Así es ¡cero!”[32]

Es claro que en este modelo, si bien existen impuestos, deuda, y “un toque regulatorio”, lo que domina es el respeto por el derecho de propiedad y un rol limitado del estado enfocado a preservar dicho derecho. Es decir, es un esquema mucho más cercano al ideal liberal que al ideal socialista.

¿Y cómo le va a la pequeña Hong-Kong? Bueno, nada mal, es una de las economías más ricas del planeta, con un ingreso per cápita que en 2014 multiplicaba por 3 el del promedio de la economía global, y que se duplicó en los 15 años previos. Además, según relata Reed, “la gente no quiere irse de Hong-Kong, sino que quiere ir hacia allí. A fines de la Segunda Guerra Mundial, la población total era de 750.000 personas. Hoy es cerca de 10 veces ese número, 7,1 millones”.

Lo mismo puede decirse de casi todas las economías capitalistas del planeta. Una vez que el mercantilismo se sustituyó por el capitalismo, la esperanza de vida en Inglaterra se duplicó, el PBI per cápita se multiplicó por más de 30 y algo similar ocurrió con los salarios reales.

Los marxistas nunca negaron este fenomenal progreso económico derivado del capitalismo, pero sí consideraban que sus contradicciones internas llevarían a su inevitable decadencia y sustitución por un sistema superador, el del socialismo.

Sin embargo, las contradicciones de este último mostraron ser mucho más grandes, ya que no hay un caso histórico en el mundo donde la expropiación de la propiedad privada y la prohibición de la acumulación de capital hayan dado resultados positivos.

Incluso juzgando por los propios objetivos que Bujarin se planteó, el capitalismo y la libertad parecen haber sido mucho más efectivos para alcanzarlos. Fue el capitalismo el que redujo el tiempo que se gastaba en “alimentarse y vestirse” y permitió entonces un mayor tiempo para el “desarrollo mental” y de la cultura.

Los países socialistas inhibieron la creación de riqueza, y por tanto fueron también un fracaso en generar condiciones para el desarrollo intelectual y cultural.

Por último, nuestra discusión nos lleva a darle la bienvenida a los Índices de Libertad Económica que elaboran centros de estudios como el Fraser Institute de Canadá o la Fundación Heritage de los Estados Unidos, y que buscan medir, con indicadores concretos y tangibles, cuán cerca (o lejos) está cada país de las ideas liberales. No extraña que, tal como predice la teoría, los países considerados más libres sean los más prósperos, mientras que los menos libres sean los más pobres.

Conclusión

30 años han pasado de la caída del Muro de Berlín y del derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Sin embargo, aún existe debate sobre si debemos elegir formas más cercanas al capitalismo o al socialismo.

En este trabajo dejamos en claro que ni siquiera Marx dejó de reconocer las bondades que el capitalismo había ofrecido en materia de avance de la producción material. Sin embargo, éste si lo criticó por la explotación, y asumió como inevitable la llegada de un socialismo superador.

No obstante, y como hemos intentado demostrar, ese nuevo sistema estaba plagado de fallos teóricos, comenzando con la propia teoría de la explotación. Fueron estos fallos, y no una desviación del modelo ideal, los que condujeron a los pésimos resultados que el socialismo obtuvo allí donde se implementó.

A tres décadas de la caída del Muro, esperemos haber aprendido la lección.

No existen sistemas cerrados ni soluciones eternas que no puedan ser modificadas. Pero si de capitalismo y socialismo hablamos, no hay duda posible. El capitalismo liberal es la mejor alternativa no solo desde el punto de vista económico, sino también moral, social y cultural.

 


[1] El debate fue organizado por la Fundación para la Responsabilidad Intelectual en Buenos Aires, y puede verse en YouTube en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=n19ac6a7H7Q

 

[2] El post al que hacemos referencia es Venezuela, Devaluación y Capitalismo Rentístico, del 12 de febrero de 2013, publicado en: https://rolandoastarita.blog/2013/02/12/venezuela-devaluacion-y-capitalismo-rentistico/

 

[3] Marx, Karl: “El Capital: Selección de Textos”. Ediciones Libertador. Argentina, 2003. P. 18.

[4] Ibíd., p 19.

[5] Ibíd., p, 35.

[6] Ibíd., p. 35.

[7] Ibíd., p. 48.

[8] Ibíd., p. 101.

[9] Ibíd., p. 159.

[10] Marx, Karl y Engels, Friedrich: “El Manifiesto Comunista”. Versión online, disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] Ibíd.

[14] Ibíd.

[15] Ibíd.

[16] Las referencias de esta sección son traducciones mías del texto en inglés. Bukharin and Preobrazhensky, The ABC of Communism, Penguin Books, 1969. First Published in English: 1922. Online Version: Marxists Internet Archive (marxists.org) 2001.

[17] Bukharin and Preobrazhensky, The ABC of Communism. Versión online disponible aquí: https://www.marxists.org/archive/bukharin/works/1920/abc/index.htm

[18] Ibíd.

[19] Menger, Carl: “Principios de Economía Política”. Ediciones Folio. España, 1996. P. 132.

[20] Una breve pero interesante relfexión sobre este tema puede leerse en “Uber vs. Piketty”, de Don Boudreaux, disponible aquí: https://cafehayek.com/2015/08/uber-vs-piketty.html

[21] Menger, op. cit., p. 154.

[22] El trabajo de Mises dedicado de criticar la organización económica socialista es “Socialismo”, publicado originalmente en 1922. Friedrich Hayek continuó el argumento de Mises en su paper de 1945, “El Uso del Conocimiento en la Sociedad”. El planteo que Hayek haría es que sin precios de mercado, el sistema socialista carece de un recurso clave para trasmitir información. Para Hayek el problema económico fundamental es como transmitirle a todo el sistema la nueva información que se va generando en el mercado (tal como las preferencias, la escasez, etc.). Según Hayek, los mercados libres son increíblemente más eficientes para trasmitir esta información que la economía planificada.

[23] Una breve discusión sobre la historia de la teoría del comercio internacional puede encontrarse en Irwin, Douglas: “A Brief History of International Trade Policy”, disponible online aquí: https://www.econlib.org/library/Columns/Irwintrade.html

[24] Smith, Adam: “La Riqueza de las Naciones”. Libro IV. Capítulo II. Versión online de Liberty Fund disponible aquí: https://oll.libertyfund.org/titles/smith-an-inquiry-into-the-nature-and-causes-of-the-wealth-of-nations-cannan-ed-vol-1

[25] Ibíd., Libro 1. Capítulo II.

[26] Ibíd.

[27] Esta frase fue pronunciada por Smith durante una conferencia en 1755, 21 años antes de la publicación de La Riqueza de Las Naciones. La historia de la cita puede conocerse aquí: https://oll.libertyfund.org/quotes/436

[28] Nótese que utilizamos como sinónimos tanto capitalismo y liberalismo, como socialismo y comunismo.

[29] Boettke, Peter y Leeson, Peter: “Socialism Still Impossible after All These Years: Reply to Caplan”. Critical Review, Vol. 17, 2005.

[30] Chamberlin, William: “The Russian Revolution”. Princeton University Press. Citado en Boettke & Leeson, referenciados más arriba.

[31] Carrino, Iván: “Venezuela, el verdadero socialismo”. 2017. Disponible aquí: https://www.elcato.org/venezuela-el-verdadero-socialismo

[32] Read, Lawrence: “The Man Behind the Hong Kong Miracle”. 10 de febrero de 2014. Foundation for Economic Education: https://fee.org/articles/the-man-behind-the-hong-kong-miracle/

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