El intento de homicidio contra CFK y las ideas de Hans Hermann Hoppe

Iván Carrino / Viernes 2 de septiembre de 2022 / Dejá un Comentario

Por la noche de ayer, cuando la vicepresidenta de la nación llegaba en un auto oficial a su departamento ubicado en Recoleta, apareció entre la multitud un sujeto que, con un arma Bersa calibre 32 disparó a centímetros de su rostro. El disparo (se dice que Fernando Sabag Montiel gatilló dos veces), no salió de la pistola y, finalmente, nadie fue herido.

El acto, no obstante, aparece como un claro intento de homicidio y así lo ha calificado la justicia.

¿Un loco suelto? Tal vez.

¿Una pantomima armada por el propio kirchnerismo para victimizarse? No lo veo necesario, aunque tampoco se puede descartar.

¿Un sujeto enojado, motivado por un clima político caldeado y con un fuerte sentimiento de “antikirchnerismo”? Si no descartamos la segunda hipótesis, ¿por qué descartar esta?

¿Y qué tal alguien que cree que está liberando a un pueblo oprimido? Una persona que, en sus cabales o no, piensa que matando a la ex presidenta CFK, le hará un favor a su país.

Esta última forma de proceder es la que emplearon los grupos guerrilleros de izquierda en la época de los 70. Para liberar al “pueblo oprimido” por el “capitalismo explotador”, decidieron alzarse en armas contra el “gestor de los negocios de la burguesía”, como Marx calificó al gobierno. Secuestrar y matar fueron poca cosa al lado de tan noble objetivo colectivo.

¿Puede algo así surgir a la derecha? Perfectamente sí y de hecho ha ocurrido con el fascismo, el nazismo y otros tantos movimientos en diversas partes del mundo. Ahora quien recientemente, desde una perspectiva supuestamente “libertaria” y “austriaca”, le otorga algún sustento intelectual a la violencia política es Hans-Hermann Hoppe.

En un artículo del año 2014, titulado “Análisis de clase Marxista y Austriaco”, Hoppe sostiene que, en esencia, Marx tenía razón en su apreciación sobre la historia como una lucha de clases. No obstante, a los ojos de Hoppe, Marx solamente se equivocó al considerar que las clases enfrentadas en esa lucha eran la burguesía capitalista y el proletariado trabajador. De acuerdo con Hoppe, las clases enfrentadas son la del sector productivo versus la del sector improductivo de la sociedad, que vive a costa del primero.

Marx vio la explotación en el sistema de producción capitalista. Hoppe ve la explotación en el sistema político, en la existencia de un estado que “expropia” y se apropia del trabajo ajeno (“los impuestos son un robo”, dicen los memes).

La explotación es la expropiación de los propietarios, productores y ahorradores por parte de los no propietarios, no productores, no ahorradores y no contratistas que llegan tarde; es la expropiación de las personas cuyas reivindicaciones de propiedad se basan en el trabajo y el contrato por parte de personas cuyas reivindicaciones se derivan de la nada y que hacen caso omiso del trabajo y los contratos de los demás. Huelga decir que la explotación así definida es en verdad una parte integrante de la historia de la humanidad. (…) Y en el curso del desarrollo económico, así como los productores y contratistas pueden formar empresas, entidades y corporaciones, así también los explotadores pueden combinarse con empresas de explotación a gran escala, gobiernos y Estados.

La lucha de clases, entonces, está entre la clase política (o podríamos decir “casta”) y la clase trabajadora que ya no distingue entre empresarios y asalariados, sino que ambos forman parte del mismo grupo, víctima del estado explotador.

A la manera marxista, Hoppe seguirá diciendo que la forma de resolver este conflicto es la conciencia de clase, y que finalmente producto de la concentración del poder estatal, se darán las “condiciones objetivas” para pasar a un mundo mejor, donde no existan más los gobiernos y todos vivan en una sociedad anarcocapitalista.

Es necesario aclarar que en ningún momento Hoppe sugiere que haya que proceder en forma violenta, ni llama al magnicidio.

Pero yo me pregunto: ¿hace falta hacerlo? Mi preocupación fundamental con la idea de las “clases enfrentadas” es que siempre puede haber alguien (un individuo o un grupo de individuos) que quiera ser el liberador de los oprimidos. Y –como decíamos antes- al lado del fin tan noble de la liberación, todo acto aberrante como el secuestro o el asesinato quedan minimizados. Esa es la lógica llevó a matanzas y guerras civiles en el pasado.

¿No es hora de que la abandonemos, en lugar de que la justifiquemos con tintes “libertarios” y “austriacos” que, además, correctamente leídos son completamente incompatibles con esta interpretación de la historia?

Ludwig von Mises, a quien Hoppe intenta rendir homenaje con su panfleto, fue una de las figuras más importantes de la escuela austriaca de economía, y lejos estaba de compartir las ideas del alemán. En su Acción Humana (p. 181, 2011), defendió sin ruborizarse al sistema democrático:

La democracia no es, por tanto, una institución revolucionaria. Al contrario, es el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles, porque hace posible adaptar pacíficamente el gobierno a los deseos de la mayoría. Si quienes ejercen el poder no satisfacen ya a la mayoría, ésta puede —en la próxima elección— eliminarlos y sustituirlos por otros que defiendan programas diferentes. El principio del gobierno mayoritario o gobierno por el pueblo recomendado por el liberalismo no aspira a que prevalezca la masa, el hombre de la calle. No defiende, como algunos críticos suponen, el gobierno de los más indignos, zafios e incapaces. Los liberales no dudan de que a la nación le conviene sobre todo ser regida por los mejores. Ahora bien, opinan que la capacidad política debe demostrarse convenciendo a los conciudadanos y no echando los tanques a la calle. (…) Si la mayoría de la nación sostiene ideas equivocadas y prefiere candidatos indignos, no hay más solución que hacer lo posible por cambiar su mentalidad, exponiendo principios más razonables y recomendando hombres mejores. Ninguna minoría cosechará éxitos duraderos recurriendo a otros procedimientos.

El que cree que los problemas políticos argentinos se resuelven levantándose en armas contra “la política”, no entendió para qué sirve o bien rechaza de plano la democracia.

Hoppe es honesto en este sentido (ya que escribió un libro donde pondera positivamente la monarquía en detrimento de la democracia), pero que no adjudique ni al liberalismo ni a la escuela austriaca de economía de sus ideas radicales, violentas e incompatibles con la convivencia social civilizada.

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