El económico, de Jenofonte – Primer libro de Economía

Iván Carrino / Jueves 28 de abril de 2022 / Dejá un Comentario

*Apunte de clase de Historia del Pensamiento Económico (FCE-UBA)

Suelo iniciar mis clases de introducción a la economía describiéndoles a los alumnos cuáles son las distintas ramas que componen a las “Ciencias Económicas”. A grandes rasgos, están la contabilidad, la administración, el análisis actuarial, y la economía propiamente dicha. Todas éstas, si bien diferentes, tienen algo en común: tratan distintos aspectos de la ciencia que estudia la asignación de recursos escasos a fines múltiples, parafraseando la clásica definición.

Así, los recursos limitados pueden asignarse a fines múltiples dentro de una organización familiar, dentro de una empresa, o bien dentro de las fronteras de un país. La administración y la economía propiamente dichas, tienen mucho en común. No es casualidad, entonces, que el primer libro escrito sobre economía, “El Económico”, del filósofo griego Jenofonte, aborde principalmente temas de organización y eficiencia, pero que al mismo tiempo siente algunas bases de lo que constituye la economía moderna.

A continuación, analizaremos cómo en El Económico, publicado originalmente hacia el año 350 a.C., el autor trata temas como la categoría de ciencia para la administración / economía, la naturaleza de los bienes, las causas de la riqueza y de la pobreza, y la importancia de los incentivos, de la división del trabajo y del capital humano para maximizar los objetivos económicos.

¿Es la economía una ciencia?

El Económico está dividido en dos grandes secciones. En la primera se da un diálogo socrático entre Critobulo, quien quería conocer los secretos de la buena administración, y Sócrates, el famoso filósofo griego quien, mediante preguntas y respuestas, hace que ambos vayan construyendo el saber sobre el asunto.

La primera cuestión que se trata desde la primera página de la obra es la categoría que la economía, o más específicamente la administración, ocupará dentro de las ramas del saber. Sócrates comienza preguntando si la administración es como la medicina, a lo que termina respondiendo de forma afirmativa.

“- Dime, Critobulo, preguntó, ¿es acaso la administración de una casa el nombre de un saber, como la medicina, la herrería y la carpintería?

Yo creo que sí, respondió Critobulo.

- Y de la misma manera que podríamos señalar la actividad de cada una de esas artes, ¿podríamos también decir cuál es la propia de la administración?

- Me parece, dijo Critobulo, que la actividad propia de un buen administrador es administrar bien su propia hacienda.

- Y si alguien le confiara la hacienda de otro, dijo Sócrates, ¿no podría, si quisiera, administrarla bien, como la suya propia? Pues el que sabe carpintería podría también hacer para otro lo mismo que hace para sí, y lo mismo el administrador.

- Así lo creo, Sócrates.

- ¿Puede entonces el entendido en ese arte, dijo Sócrates, aunque no tenga bienes personalmente, recibir un sueldo por administrar una hacienda, como lo recibiría por construir una casa?”[1]

Está claro hasta aquí que Jenofonte quiere establecer a la administración al menos como una rama independiente del saber, con conocimientos específicos, de la misma forma que la carpintería o la medicina. Además, afirma que puede incluso convertirse en una profesión, dado que cualquiera que se dedicara a la administración de una hacienda, incluso la ajena, podría percibir un sueldo por ello, de la misma forma que un médico cura un paciente y recibe por ello un honorario profesional.

¿Ciencia, técnica o arte? Esta pregunta no está respondida en el inicio del diálogo. Es que Jenofonte iguala la ciencia médica con la técnica de la carpintería, con lo cual la administración (o, por añadidura, la economía) podría ser cualquiera de las tres. Lo importante para el autor hasta ahí es que se trata de una rama independiente del saber.

Sin embargo, párrafos más adelante sí se asocia la administración con una ciencia. Critobulo de hecho le dice a Sócrates que “acordamos que, aunque no se tuviera riqueza, había una ciencia de la administración”[2], y dicha ciencia comprende -como lo hace hoy en día- a la eficiente asignación de recursos escasos.

La naturaleza subjetiva de los bienes

Establecido de una vez que la finalidad de la administración es la de incrementar la hacienda, los dialogantes pasan a preguntarse qué es la hacienda. Así, buscan una definición que pueda incluir todo aquello que tengan sentido acrecentar. Por ejemplo, coinciden en que es deseable incrementar un caballo, pero no tanto la cantidad de enemigos.

Ahora bien, en determinadas circunstancias convendrá lo segundo antes que lo primero. ¿Cómo es esto? Es que Jenofonte avanza en las primeras líneas de su obra una rudimentaria teoría subjetiva del valor. Sócrates establece, en un debate acerca de la cualidad de los bienes, que “las mismas cosas son bienes para quien sabe utilizar cada una de ellas y no son bienes para quien no sabe utilizarlas. Es como, por ejemplo, una flauta, es un bien para quien sabe tocarla discretamente, pero para una persona incompetente no vale más que unas piedras inútiles”[3].

Más adelante, afirma que incluso “si no se sabe emplear, hay que rechazar el dinero tan lejos que ni siquiera se incluya entre los bienes” y sostiene que los enemigos pueden ser bienes si se los puede utilizar “para obtener provecho de ellos”.

En esta forma, un bien que forme parte de una hacienda a acrecentar estará definido como todo lo que le reporte un beneficio al usuario, y esto por definición es una apreciación subjetiva de la naturaleza de los bienes.

Jenofonte se anticipa varios siglos a lo establecido por Menger, quien escribió que:

“Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia.”[4]  

La naturaleza subjetiva de las cosas no aparece solo en la discusión sobre los bienes. Más adelante en el diálogo se aborda el tema de la riqueza. La pregunta, entonces, es qué es riqueza pero, específicamente, cuánto puede ser considerado fortuna suficiente.

Y ahí Sócrates enseña a Critobulo que también la riqueza dependerá de las necesidades de cada individuo. En este sentido, no puede haber un parámetro objetivo de riqueza, ni una línea -idéntica para todos- a partir de la cual determinar quién es “más rico”.

“- Por mi parte, dijo Sócrates, creo que si consiguiera un buen comprador sacaría muy fácilmente por todos mis bienes cinco minas, incluida la casa. En cambio, de los tuyos sé con certeza que conseguirías cien veces más.

- ¿Y, a pesar de reconocerlo, crees que no necesitas más dinero y me compadeces por mi pobreza?

- Porque los míos, en efecto, dijo, me bastan para satisfacer mis necesidades. En cambio, para la vida que llevas y para poder mantener tu reputación, creo que ni aunque tuvieras tres veces más de lo que ahora posees sería suficiente para ti.”[5]

Luego Sócrates le indica a Critobulo que como él debe celebrar “frecuentes y abundantes sacrificios” a los dioses, dar hospitalidad a los extranjeros y ofrecer banquetes para agradar a los ciudadanos, entre otras tareas que parecen propias de un político de la época, entonces lo que para algunos puede parecer mucho, no es así para quien necesita todavía más que eso.

Las causas de la riqueza y la pobreza

En 1776 Adam Smith publicó su obra “Una investigación acerca de las causas y la naturaleza de la Riqueza de las Naciones”. Quería explicar por qué unos países eran ricos, mientras otros no podían alcanzar el desarrollo.

La curiosidad por este tema no empezó con el autor escocés. Jenofonte se preguntó, aunque a nivel individual, lo mismo dos mil años antes:

“En efecto, al darme cuenta una vez que, con las mismas actividades, unos vivían en la más completa miseria y otros nadaban en la abundancia, maravillado, pensé que merecía la pena averiguar cuál era el motivo.”[6]

La frase está puesta en boca de Sócrates, quien le explica a Critobulo que para enseñarle la ciencia de la administración tuvo que hablar con los “especialistas” en la materia. A continuación, pondrá como punto principal de la respuesta a la búsqueda de la eficiencia productiva y a la buena organización del trabajo.

Sócrates sostiene que “salían perdiendo los que trabajaban a la buena de dios y, en cambio, noté que los que lo hacían poniendo en tensión su inteligencia, trabajaban con mayor rapidez… mejor rendimiento”. Posteriormente afirma que “unos con grandes presupuestos construyen casas inútiles, mientras que otros con mucho menos dinero edifican casas provistas de todo lo necesario”.

Como se observa, el foco está puesto en el buen uso de los recursos, y en obtener el máximo rendimiento. Es decir, alcanzar un nivel elevado de productividad.

Más adelante se refuerza esta idea. Ahora Sócrates dialoga con Iscómaco, un “hombre de bien” (es decir, un experto en administración), quien le enseña los detalles de esta disciplina. El experto le comenta que:

“… es propio de personas juiciosas, tanto del hombre como de la mujer, actuar de manera que el patrimonio esté en las mejores condiciones posibles y se acreciente también lo más posible por medios honestos y legítimos.”

Párrafos adelante, Sócrates le dice a Iscómaco que le gustaría aprender “cómo tendría que cultivar la tierra si quisiera obtener la mayor cosecha de cebada y trigo”[7].

La definición, que encaja perfecto con el objetivo de todo buen administrador, también puede pensarse como el objetivo de una economía en su conjunto Es que considerando que los bienes son subjetivos, y que la incrementar la hacienda implica incrementar la cantidad de bienes así considerados por sus dueños, también podemos considerar que los países más ricos serán quienes de forma más eficiente produzcan los bienes y servicios que sus ciudadanos demanden.

Este es, de hecho, uno de los principios fundamentales de la economía delineados por G. Mankiw, quien considera que “el nivel de vida de un país depende de la capacidad que tenga para producir bienes y servicios”[8]. Para Mankiw, un factor clave para determinar esta capacidad es la productividad, una medida de la eficiencia de la producción. O sea que Jenofonte ya anticipaba una de las leyes principales del pensamiento económico.

Ahora bien, para ser productivo hay que tener – en primer lugar- voluntad de serlo. Sócrates le pregunta a Iscómaco por qué algunas personas que conocen igualmente el arte de la agricultura “viven en la abundancia” pero otras “ni siquiera pueden satisfacer sus necesidades vitales”.

La respuesta que Iscómaco da en el caso de la agricultura tiene una sola cara: la voluntad. Sin embargo, cuando se generaliza aparecen otros ejes. A saber: los incentivos, la cantidad de capital humano y, por último, una buena división del trabajo.

En cuanto a la voluntad, Jenofonte sugiere, en palabras de Iscómaco, que los que no tienen éxito en la agricultura no están suficientemente interesados en obtenerlo:

“Porque no es el saber o la ignorancia de los agricultores lo que hace que unos prosperen y otros sean pobres. (…) En cambio, es mucho más probable oír que alguien no consigue trigo de su campo porque no se preocupa de sembrarlo o de estercolarlo. O que tampoco tiene vino Mengano porque no se cuida de plantar vides ni de hacer que produzcan las que tiene. Tampoco tiene aceite ni higos Zultano porque no se preocupa ni procura tenerlos. En eso consiste, Sócrates, la diferencia entre unos agricultores y otros, que hace que también su fortuna sea diferente, mucho más que porque parezca que han descubierto algún invento para trabajar la tierra. Lo mismo ocurre en algunos aspectos del arte militar, en el cual unos generales son mejores que otros, y se diferencian, sin duda, no por su inteligencia, sino por su interés”[9]

Párrafos más adelante, agrega:

“La desidia en la agricultura es una clara acusadora de un espíritu mentiroso: nadie podría convencerse a sí mismo de que puede vivir sin lo necesario; si un hombre no conoce ningún oficio lucrativo ni está dispuesto a ser labrador, es evidente que o se propone vivir del robo, la rapiña o la mendicidad, o está completamente loco.”[10]

Al menos para la agricultura, entonces, Jenofonte diría: “si querés ser rico, proponételo”, con eso es suficiente. Para otros aspectos la respuesta será más compleja.

La importancia de los incentivos

Está claro que, para Jenofonte, en la agricultura el éxito o fracaso dependen del interés o la desidia puesta por el agricultor. Ahora bien, ¿los exitosos lo son además porque aman su oficio? ¿qué es lo que genera su interés por producir y maximizar su hacienda?

Iscómaco responde a esto que su padre tenía “amor a la agricultura y al trabajo”, que la actividad le generaba placer, beneficios y algo en qué ocuparse. Al establecer, entonces, que el padre del exitoso Iscómaco era un “apasionado de la agricultura”, Jenofonte parecería darnos a entender que serás productivo en la medida que ames lo que hagas, algo que en cierta forma puede tener sentido.

Pero Jenofonte luego profundiza en el asunto, y resalta un punto que quedó consagrado en la historia del pensamiento económico gracias a la metáfora de la mano invisible de Adam Smith.

Es que Sócrates consulta a Iscómaco si lo que quiere decir es que su padre amaba la agricultura tanto como “los comerciantes aman el trigo”.

Explica Sócrates que:

“Los comerciantes, en efecto, por su intensa pasión por el trigo, dondequiera que oyen que hay más, allí navegan en su busca, surcando el mar Egeo, el Ponto Euxino y el mar de Sicilia. A continuación, se hacen con la mayor cantidad posible y lo llevan a través del mar, cargándolo incluso en el mismo barco en el que ellos navegan. Y cuando necesitan dinero, no se deshacen de él a la buena de dios y en cualquier lugar en que se encuentren, sino donde oyen que el trigo tiene un valor mayor y goza de más estima, allí lo llevan y se lo entregan a sus habitantes. Así es como parece que tu padre amaba la agricultura”[11]

Iscómaco le da la razón, extendiendo la idea a los constructores de casas. A lo que Sócrates contesta que “todos los hombres aman por naturaleza las cosas de las que piensan van a sacar provecho”. Aparece entonces un vínculo entre la ampliación de la producción que -en definitiva- beneficiará a los ciudadanos, y la persecución del interés propio.

Dos milenios más tarde, Adam Smith diría que “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio”[12].

Así, son los incentivos individuales un elemento importante en la buena administración de los recursos. Y esto vale también para la gestión pública. En diálogo con Critobulo, Sócrates realza el rol del “rey de los persas”, quien premia a los gobernadores que “mantienen poblado el país y cultivada la tierra”, mientras que “a los que ve que tienen la tierra sin cultivar, o con poca población (…) los destituye de su cargo y nombra a otros gobernantes”[13].

Ahora lo mismo que es adecuado para el gran reino lo es también para la buena administración del hogar. Así, Jenofonte pone en palabras de Iscomaco la importancia de los premios y castigos. Éste cuenta que su esposa recompensaba a los servidores “buenos y provechosos” pero castigaba a “los que resulten malos”.

Más adelante, profundiza:

“… encargué a mi mujer que se considerase ella misma como la guardiana de las leyes del hogar (…) para recompensar con elogios y honores, como si fuera una reina, a quien lo mereciera, en la medida de sus posibilidades, y reprender y castigar a quien se hiciera acreedor a ello.”[14]

Para cerrar esta sección, Jenofonte también ingresa en el debate actual sobre la “meritocracia”, y también podríamos decir en el debate sobre la posibilidad de éxito, o no, de las economías socialistas. En una parte de su relato, afirma:

“Yo pienso, en efecto, Sócrates, que sienten una gran desmoralización los buenos cuando ven que son ellos los que realizan los trabajos pero reciben la misma remuneración que los que no están dispuestos a esforzarse o a correr riesgos cuando hay que hacerlo. Personalmente, no me parece justo de ninguna manera que los mejores tengan el mismo trato que los malos, y cuando me entero de que los capataces reparten lo mejor a quienes más lo merecen los alabo, pero si veo que favorecen a alguien por sus adulaciones o por algún otro favor sin importancia, no hago la vista gorda sino que les increpo y trato de hacerles ver, Sócrates, que ni siquiera obran de acuerdo con sus intereses”.

En 1921, será Ludwig von Mises quien aplique esta idea al debate sobre el socialismo:

“En la sociedad capitalista cualquier individuo que desempeña un papel activo en la economía tiene buen cuidado de que a todo trabajo corresponda el beneficio completo de lo que ha producido. El empresario que despide a un obrero que merece debidamente su salario, se perjudica a sí mismo (…) La sociedad capitalista, al asegurar a cada uno el fruto de su trabajo, hace lo que es preciso para incitar a todos los individuos al mayor celo. Lo que se reprocha a la organización socialista es justamente no poder ofrecer este estímulo…”[15]

La división del trabajo

Existe un fragmento de la obra de Jenofonte que al mismo tiempo revela la naturaleza religiosa y patriarcal de la Grecia de su época, y también muestra un principio económico universal e inquebrantable: las ventajas de la división del trabajo. Esto es así porque en diálogo con Sócrates, Iscómaco le cuenta que parte del objetivo de “incrementar la hacienda” es que el matrimonio divida adecuadamente las tareas.

Jenofonte explica, a través de Iscómaco, que para los dioses la unión divina de un hombre y una mujer tiene tres objetivos: el primero, la preservación de la especie; el segundo, la posibilidad de ser apoyado económicamente en la vejez; el tercero, el mantenimiento de un techo común, una tarea que recaerá específicamente en la mujer de la pareja.

Es que para Jenofonte las tareas se dividían entre aquellas que se hacían al aire libre, como el barbecho, la siembra o el pastoreo, y otras que se realizaban bajo techo, como la conservación de la cosecha, la molienda de granos, la confección de vestidos y la crianza de los niños recién nacidos.

En este punto Jenofonte anticipa la idea de las ventajas absolutas y la especialización.

Es que, en palabras de Iscómaco, la divinidad:

“… creó la naturaleza de la mujer apta desde un principio para las labores y cuidados interiores, y la del varón para los trabajos y cuidados de fuera. Dispuso también que el cuerpo y la mente del hombre pudieran soportar mejor los fríos y el calor, los viajes y las guerras, y en consecuencia le impuso los trabajos de fuera.”

Si el hombre estaba capacitado naturalmente para enfrentar la guerra y las inclemencias del clima, la mujer tendría aptitud natural para criar a los hijos, así como también para vigilar los víveres, dado su natural temor, que era mayor al del hombre:

“En cambio, a la mujer, al darle un cuerpo menos capaz para estas fatigas, la divinidad le encomendó, me parece a mí, las faenas de dentro. Y sabiendo que había inculcado en la mujer y le había encargado la crianza de los niños recién nacidos, también le adjudicó en el reparto un mayor cariño hacia los recién nacidos que al hombre. Como también encargó a la mujer la vigilancia de los víveres: sabiendo la divinidad que para la vigilancia no es malo ser de carácter medroso, infundió en la mujer un grado mayor de miedo que en el hombre.”

El hombre, más audaz por gracia divina, entonces, tendría mejor capacidad para defender la hacienda de invasiones o ataques extranjeros, pero, en cualquier caso, dado que ninguno de los dos podía producir todo al mismo tiempo, lo mejor era la complementariedad. Es decir, la división del trabajo allí donde cada individuo tuviera ventajas sobre el otro.

“Pero sabiendo que tendría necesidad de defenderse el que se encarga de las faenas de fuera, si alguien intenta hacerle daño, le dio a su vez a éste una mayor parte de audacia. Como ambos tienen necesidad de dar y recibir, dio a ambos equitativamente memoria y atención, de tal modo que no podrías distinguir si el macho o la hembra tienen ventaja en este aspecto. (…) Y como ambos por naturaleza no tienen las mismas aptitudes, precisamente por ello se necesitan mutuamente, y la pareja es más provechosa porque uno puede lo que al otro le falta…”[16]

Lo propuesto por Jenofonte podría escribirse en forma de cuadro de doble entrada, tal como cuando en clases de economía explicamos el principio de las ventajas comparativas.

 

Tareas “fuera de casa”

Tareas “del hogar”

Hombre

100

50

Mujer

50

100

Si los números implican un nivel e productividad en cada faena, entonces es claro que el hombre tiene ventajas absolutas en la producción fuera de casa, mientras que la mujer la tiene en la producción del hogar. Y así, la forma de obtener un máximo puntaje, es que el hombre trabaje afuera y la mujer trabaje puertas adentro.

Tal vez sea interesante notar que esta forma de organización permaneció inalterada por un muy largo período de tiempo. Puede decirse que recién en el Siglo XX este paradigma comenzó a cuestionarse y modificarse, siendo hoy en día altamente inapropiado para describir a gran parte de las sociedades modernas.

La importancia del capital humano

Otra de las claves de la prosperidad para Jenofonte es la de conocer aquello que se quiere trabajar. Es decir, incorporar educación y capacitación para el trabajo. En este sentido, se anticipa Jenofonte a la más moderna idea que vincula la acumulación de capital humano como driver de productividad.

Refiriéndose a la cría de caballos, Sócrates le explica a Critobulo que existen individuos distintos que, realizando la misma actividad, alcanzan diferente fortuna. Tras ello le cuenta que si él estuviera obligado a servirse de dicha actividad, entonces sería insensato no procurar dejar de ser un ignorante en la materia.

Luego pasa a las tareas del hogar, donde pone al marido en lugar del proveedor de capital humano de la esposa:

“En cuanto a la mujer, si instruida por el marido en el bien se porta mal, tal vez en justicia tendría ella la culpa, pero si el marido se vale de ella a pesar de su ignorancia, sin haberla educado en el camino del bien, ¿no será él el que cargue con razón con las culpas?”[17]

En la misma línea se expresa Iscómaco más adelante cuando Sócrates le pregunta, sorprendido de su éxito, si fue él mismo el que enseñó a su mujer a ser buena administradora del hogar, o bien si había llegado así a su vida. Iscómaco luego explica que su mujer, mediante la enseñanza, podrá hacerse cargo de “una esclava que no sabe hilar, la instruyas y dobles el valor que tiene para ti”.

Sobre el arte de la agricultura, Sócrates opina que es un arte que “hace ricos a los que lo conocen, pero condena a los que lo ignoran”, destacándose una vez más el factor del conocimiento, el saber hacer.

Conclusión

Hacia el año 350 a.C. apareció en Grecia el que hoy es considerado como el primer libro de economía. De hecho, al título del texto le debemos el nombre de nuestra ciencia, más allá de que en su contenido específico, pueda tratarse más de un trabajo sobre la administración, que sobre la economía propiamente dicha.

Sin embargo, muchas de las lecciones vertidas en el libro por el filósofo griego Jenofonte hoy pueden considerarse como pilares fundamentales del pensamiento económico actual. El valor subjetivo de los bienes, y la importancia del interés propio, los incentivos, la división del trabajo y la educación para alcanzar mayores niveles de riqueza, son todas ideas que -aunque expresadas allí de forma algo primitiva- son ampliamente aceptadas por los economistas.



[1] Jenofonte: “Recuerdos de Sócrates · Económico · Banquete · Apología de Sócrates” P.213

[2] Ibid, p. 221.

[3] Ibid, p. 215.

[4] Menger, Principios de Economía.

[5] Ibid 1, p. 219.

[6] Ibid. P. 222

[7] Ibid. P. 272.

[8] Mankiw, Gregory (2012). Principios de Economía, p. 13.

[9] Ibid. P. 284.

[10] Ibid. P 286

[11] Ibid. P. 288

[12] Smith, Adam: “La riqueza de las naciones”.

[13] Ibid 11. P. 229.

[14] Ibid. P. 253

[15] Mises, Ludwig von: “Socialismo: análisis económico y sociológico”. Unión Editorial, Madrid, 2009. Páginas 181 – 183.

[16] Esta y las anteriores tres referencias provienen de Ibid. P 241 y 242.

[17] Ibid. P. 225.

Suelo iniciar mis clases de introducción a la economía describiéndoles a los alumnos cuáles son las distintas ramas que componen a las “Ciencias Económicas”. A grandes rasgos, están la contabilidad, la administración, el análisis actuarial, y la economía propiamente dicha. Todas éstas, si bien diferentes, tienen algo en común: tratan distintos aspectos de la ciencia que estudia la asignación de recursos escasos a fines múltiples, parafraseando la clásica definición.

Así, los recursos limitados pueden asignarse a fines múltiples dentro de una organización familiar, dentro de una empresa, o bien dentro de las fronteras de un país. La administración y la economía propiamente dichas, tienen mucho en común. No es casualidad, entonces, que el primer libro escrito sobre economía, “El Económico”, del filósofo griego Jenofonte, aborde principalmente temas de organización y eficiencia, pero que al mismo tiempo siente algunas bases de lo que constituye la economía moderna.

A continuación, analizaremos cómo en El Económico, publicado originalmente hacia el año 350 a.C., el autor trata temas como la categoría de ciencia para la administración / economía, la naturaleza de los bienes, las causas de la riqueza y de la pobreza, y la importancia de los incentivos, de la división del trabajo y del capital humano para maximizar los objetivos económicos.

¿Es la economía una ciencia?

El Económico está dividido en dos grandes secciones. En la primera se da un diálogo socrático entre Critobulo, quien quería conocer los secretos de la buena administración, y Sócrates, el famoso filósofo griego quien, mediante preguntas y respuestas, hace que ambos vayan construyendo el saber sobre el asunto.

La primera cuestión que se trata desde la primera página de la obra es la categoría que la economía, o más específicamente la administración, ocupará dentro de las ramas del saber. Sócrates comienza preguntando si la administración es como la medicina, a lo que termina respondiendo de forma afirmativa.

“- Dime, Critobulo, preguntó, ¿es acaso la administración de una casa el nombre de un saber, como la medicina, la herrería y la carpintería?

Yo creo que sí, respondió Critobulo.

- Y de la misma manera que podríamos señalar la actividad de cada una de esas artes, ¿podríamos también decir cuál es la propia de la administración?

- Me parece, dijo Critobulo, que la actividad propia de un buen administrador es administrar bien su propia hacienda.

- Y si alguien le confiara la hacienda de otro, dijo Sócrates, ¿no podría, si quisiera, administrarla bien, como la suya propia? Pues el que sabe carpintería podría también hacer para otro lo mismo que hace para sí, y lo mismo el administrador.

- Así lo creo, Sócrates.

- ¿Puede entonces el entendido en ese arte, dijo Sócrates, aunque no tenga bienes personalmente, recibir un sueldo por administrar una hacienda, como lo recibiría por construir una casa?”[1]

Está claro hasta aquí que Jenofonte quiere establecer a la administración al menos como una rama independiente del saber, con conocimientos específicos, de la misma forma que la carpintería o la medicina. Además, afirma que puede incluso convertirse en una profesión, dado que cualquiera que se dedicara a la administración de una hacienda, incluso la ajena, podría percibir un sueldo por ello, de la misma forma que un médico cura un paciente y recibe por ello un honorario profesional.

¿Ciencia, técnica o arte? Esta pregunta no está respondida en el inicio del diálogo. Es que Jenofonte iguala la ciencia médica con la técnica de la carpintería, con lo cual la administración (o, por añadidura, la economía) podría ser cualquiera de las tres. Lo importante para el autor hasta ahí es que se trata de una rama independiente del saber.

Sin embargo, párrafos más adelante sí se asocia la administración con una ciencia. Critobulo de hecho le dice a Sócrates que “acordamos que, aunque no se tuviera riqueza, había una ciencia de la administración”[2], y dicha ciencia comprende -como lo hace hoy en día- a la eficiente asignación de recursos escasos.

La naturaleza subjetiva de los bienes

Establecido de una vez que la finalidad de la administración es la de incrementar la hacienda, los dialogantes pasan a preguntarse qué es la hacienda. Así, buscan una definición que pueda incluir todo aquello que tengan sentido acrecentar. Por ejemplo, coinciden en que es deseable incrementar un caballo, pero no tanto la cantidad de enemigos.

Ahora bien, en determinadas circunstancias convendrá lo segundo antes que lo primero. ¿Cómo es esto? Es que Jenofonte avanza en las primeras líneas de su obra una rudimentaria teoría subjetiva del valor. Sócrates establece, en un debate acerca de la cualidad de los bienes, que “las mismas cosas son bienes para quien sabe utilizar cada una de ellas y no son bienes para quien no sabe utilizarlas. Es como, por ejemplo, una flauta, es un bien para quien sabe tocarla discretamente, pero para una persona incompetente no vale más que unas piedras inútiles”[3].

Más adelante, afirma que incluso “si no se sabe emplear, hay que rechazar el dinero tan lejos que ni siquiera se incluya entre los bienes” y sostiene que los enemigos pueden ser bienes si se los puede utilizar “para obtener provecho de ellos”.

En esta forma, un bien que forme parte de una hacienda a acrecentar estará definido como todo lo que le reporte un beneficio al usuario, y esto por definición es una apreciación subjetiva de la naturaleza de los bienes.

Jenofonte se anticipa varios siglos a lo establecido por Menger, quien escribió que:

“Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia.”[4]  

La naturaleza subjetiva de las cosas no aparece solo en la discusión sobre los bienes. Más adelante en el diálogo se aborda el tema de la riqueza. La pregunta, entonces, es qué es riqueza pero, específicamente, cuánto puede ser considerado fortuna suficiente.

Y ahí Sócrates enseña a Critobulo que también la riqueza dependerá de las necesidades de cada individuo. En este sentido, no puede haber un parámetro objetivo de riqueza, ni una línea -idéntica para todos- a partir de la cual determinar quién es “más rico”.

“- Por mi parte, dijo Sócrates, creo que si consiguiera un buen comprador sacaría muy fácilmente por todos mis bienes cinco minas, incluida la casa. En cambio, de los tuyos sé con certeza que conseguirías cien veces más.

- ¿Y, a pesar de reconocerlo, crees que no necesitas más dinero y me compadeces por mi pobreza?

- Porque los míos, en efecto, dijo, me bastan para satisfacer mis necesidades. En cambio, para la vida que llevas y para poder mantener tu reputación, creo que ni aunque tuvieras tres veces más de lo que ahora posees sería suficiente para ti.”[5]

Luego Sócrates le indica a Critobulo que como él debe celebrar “frecuentes y abundantes sacrificios” a los dioses, dar hospitalidad a los extranjeros y ofrecer banquetes para agradar a los ciudadanos, entre otras tareas que parecen propias de un político de la época, entonces lo que para algunos puede parecer mucho, no es así para quien necesita todavía más que eso.

Las causas de la riqueza y la pobreza

En 1776 Adam Smith publicó su obra “Una investigación acerca de las causas y la naturaleza de la Riqueza de las Naciones”. Quería explicar por qué unos países eran ricos, mientras otros no podían alcanzar el desarrollo.

La curiosidad por este tema no empezó con el autor escocés. Jenofonte se preguntó, aunque a nivel individual, lo mismo dos mil años antes:

“En efecto, al darme cuenta una vez que, con las mismas actividades, unos vivían en la más completa miseria y otros nadaban en la abundancia, maravillado, pensé que merecía la pena averiguar cuál era el motivo.”[6]

La frase está puesta en boca de Sócrates, quien le explica a Critobulo que para enseñarle la ciencia de la administración tuvo que hablar con los “especialistas” en la materia. A continuación, pondrá como punto principal de la respuesta a la búsqueda de la eficiencia productiva y a la buena organización del trabajo.

Sócrates sostiene que “salían perdiendo los que trabajaban a la buena de dios y, en cambio, noté que los que lo hacían poniendo en tensión su inteligencia, trabajaban con mayor rapidez… mejor rendimiento”. Posteriormente afirma que “unos con grandes presupuestos construyen casas inútiles, mientras que otros con mucho menos dinero edifican casas provistas de todo lo necesario”.

Como se observa, el foco está puesto en el buen uso de los recursos, y en obtener el máximo rendimiento. Es decir, alcanzar un nivel elevado de productividad.

Más adelante se refuerza esta idea. Ahora Sócrates dialoga con Iscómaco, un “hombre de bien” (es decir, un experto en administración), quien le enseña los detalles de esta disciplina. El experto le comenta que:

“… es propio de personas juiciosas, tanto del hombre como de la mujer, actuar de manera que el patrimonio esté en las mejores condiciones posibles y se acreciente también lo más posible por medios honestos y legítimos.”

Párrafos adelante, Sócrates le dice a Iscómaco que le gustaría aprender “cómo tendría que cultivar la tierra si quisiera obtener la mayor cosecha de cebada y trigo”[7].

La definición, que encaja perfecto con el objetivo de todo buen administrador, también puede pensarse como el objetivo de una economía en su conjunto Es que considerando que los bienes son subjetivos, y que la incrementar la hacienda implica incrementar la cantidad de bienes así considerados por sus dueños, también podemos considerar que los países más ricos serán quienes de forma más eficiente produzcan los bienes y servicios que sus ciudadanos demanden.

Este es, de hecho, uno de los principios fundamentales de la economía delineados por G. Mankiw, quien considera que “el nivel de vida de un país depende de la capacidad que tenga para producir bienes y servicios”[8]. Para Mankiw, un factor clave para determinar esta capacidad es la productividad, una medida de la eficiencia de la producción. O sea que Jenofonte ya anticipaba una de las leyes principales del pensamiento económico.

Ahora bien, para ser productivo hay que tener – en primer lugar- voluntad de serlo. Sócrates le pregunta a Iscómaco por qué algunas personas que conocen igualmente el arte de la agricultura “viven en la abundancia” pero otras “ni siquiera pueden satisfacer sus necesidades vitales”.

La respuesta que Iscómaco da en el caso de la agricultura tiene una sola cara: la voluntad. Sin embargo, cuando se generaliza aparecen otros ejes. A saber: los incentivos, la cantidad de capital humano y, por último, una buena división del trabajo.

En cuanto a la voluntad, Jenofonte sugiere, en palabras de Iscómaco, que los que no tienen éxito en la agricultura no están suficientemente interesados en obtenerlo:

“Porque no es el saber o la ignorancia de los agricultores lo que hace que unos prosperen y otros sean pobres. (…) En cambio, es mucho más probable oír que alguien no consigue trigo de su campo porque no se preocupa de sembrarlo o de estercolarlo. O que tampoco tiene vino Mengano porque no se cuida de plantar vides ni de hacer que produzcan las que tiene. Tampoco tiene aceite ni higos Zultano porque no se preocupa ni procura tenerlos. En eso consiste, Sócrates, la diferencia entre unos agricultores y otros, que hace que también su fortuna sea diferente, mucho más que porque parezca que han descubierto algún invento para trabajar la tierra. Lo mismo ocurre en algunos aspectos del arte militar, en el cual unos generales son mejores que otros, y se diferencian, sin duda, no por su inteligencia, sino por su interés”[9]

Párrafos más adelante, agrega:

“La desidia en la agricultura es una clara acusadora de un espíritu mentiroso: nadie podría convencerse a sí mismo de que puede vivir sin lo necesario; si un hombre no conoce ningún oficio lucrativo ni está dispuesto a ser labrador, es evidente que o se propone vivir del robo, la rapiña o la mendicidad, o está completamente loco.”[10]

Al menos para la agricultura, entonces, Jenofonte diría: “si querés ser rico, proponételo”, con eso es suficiente. Para otros aspectos la respuesta será más compleja.

La importancia de los incentivos

Está claro que, para Jenofonte, en la agricultura el éxito o fracaso dependen del interés o la desidia puesta por el agricultor. Ahora bien, ¿los exitosos lo son además porque aman su oficio? ¿qué es lo que genera su interés por producir y maximizar su hacienda?

Iscómaco responde a esto que su padre tenía “amor a la agricultura y al trabajo”, que la actividad le generaba placer, beneficios y algo en qué ocuparse. Al establecer, entonces, que el padre del exitoso Iscómaco era un “apasionado de la agricultura”, Jenofonte parecería darnos a entender que serás productivo en la medida que ames lo que hagas, algo que en cierta forma puede tener sentido.

Pero Jenofonte luego profundiza en el asunto, y resalta un punto que quedó consagrado en la historia del pensamiento económico gracias a la metáfora de la mano invisible de Adam Smith.

Es que Sócrates consulta a Iscómaco si lo que quiere decir es que su padre amaba la agricultura tanto como “los comerciantes aman el trigo”.

Explica Sócrates que:

“Los comerciantes, en efecto, por su intensa pasión por el trigo, dondequiera que oyen que hay más, allí navegan en su busca, surcando el mar Egeo, el Ponto Euxino y el mar de Sicilia. A continuación, se hacen con la mayor cantidad posible y lo llevan a través del mar, cargándolo incluso en el mismo barco en el que ellos navegan. Y cuando necesitan dinero, no se deshacen de él a la buena de dios y en cualquier lugar en que se encuentren, sino donde oyen que el trigo tiene un valor mayor y goza de más estima, allí lo llevan y se lo entregan a sus habitantes. Así es como parece que tu padre amaba la agricultura”[11]

Iscómaco le da la razón, extendiendo la idea a los constructores de casas. A lo que Sócrates contesta que “todos los hombres aman por naturaleza las cosas de las que piensan van a sacar provecho”. Aparece entonces un vínculo entre la ampliación de la producción que -en definitiva- beneficiará a los ciudadanos, y la persecución del interés propio.

Dos milenios más tarde, Adam Smith diría que “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio”[12].

Así, son los incentivos individuales un elemento importante en la buena administración de los recursos. Y esto vale también para la gestión pública. En diálogo con Critobulo, Sócrates realza el rol del “rey de los persas”, quien premia a los gobernadores que “mantienen poblado el país y cultivada la tierra”, mientras que “a los que ve que tienen la tierra sin cultivar, o con poca población (…) los destituye de su cargo y nombra a otros gobernantes”[13].

Ahora lo mismo que es adecuado para el gran reino lo es también para la buena administración del hogar. Así, Jenofonte pone en palabras de Iscomaco la importancia de los premios y castigos. Éste cuenta que su esposa recompensaba a los servidores “buenos y provechosos” pero castigaba a “los que resulten malos”.

Más adelante, profundiza:

“… encargué a mi mujer que se considerase ella misma como la guardiana de las leyes del hogar (…) para recompensar con elogios y honores, como si fuera una reina, a quien lo mereciera, en la medida de sus posibilidades, y reprender y castigar a quien se hiciera acreedor a ello.”[14]

Para cerrar esta sección, Jenofonte también ingresa en el debate actual sobre la “meritocracia”, y también podríamos decir en el debate sobre la posibilidad de éxito, o no, de las economías socialistas. En una parte de su relato, afirma:

“Yo pienso, en efecto, Sócrates, que sienten una gran desmoralización los buenos cuando ven que son ellos los que realizan los trabajos pero reciben la misma remuneración que los que no están dispuestos a esforzarse o a correr riesgos cuando hay que hacerlo. Personalmente, no me parece justo de ninguna manera que los mejores tengan el mismo trato que los malos, y cuando me entero de que los capataces reparten lo mejor a quienes más lo merecen los alabo, pero si veo que favorecen a alguien por sus adulaciones o por algún otro favor sin importancia, no hago la vista gorda sino que les increpo y trato de hacerles ver, Sócrates, que ni siquiera obran de acuerdo con sus intereses”.

En 1921, será Ludwig von Mises quien aplique esta idea al debate sobre el socialismo:

“En la sociedad capitalista cualquier individuo que desempeña un papel activo en la economía tiene buen cuidado de que a todo trabajo corresponda el beneficio completo de lo que ha producido. El empresario que despide a un obrero que merece debidamente su salario, se perjudica a sí mismo (…) La sociedad capitalista, al asegurar a cada uno el fruto de su trabajo, hace lo que es preciso para incitar a todos los individuos al mayor celo. Lo que se reprocha a la organización socialista es justamente no poder ofrecer este estímulo…”[15]

La división del trabajo

Existe un fragmento de la obra de Jenofonte que al mismo tiempo revela la naturaleza religiosa y patriarcal de la Grecia de su época, y también muestra un principio económico universal e inquebrantable: las ventajas de la división del trabajo. Esto es así porque en diálogo con Sócrates, Iscómaco le cuenta que parte del objetivo de “incrementar la hacienda” es que el matrimonio divida adecuadamente las tareas.

Jenofonte explica, a través de Iscómaco, que para los dioses la unión divina de un hombre y una mujer tiene tres objetivos: el primero, la preservación de la especie; el segundo, la posibilidad de ser apoyado económicamente en la vejez; el tercero, el mantenimiento de un techo común, una tarea que recaerá específicamente en la mujer de la pareja.

Es que para Jenofonte las tareas se dividían entre aquellas que se hacían al aire libre, como el barbecho, la siembra o el pastoreo, y otras que se realizaban bajo techo, como la conservación de la cosecha, la molienda de granos, la confección de vestidos y la crianza de los niños recién nacidos.

En este punto Jenofonte anticipa la idea de las ventajas absolutas y la especialización.

Es que, en palabras de Iscómaco, la divinidad:

“… creó la naturaleza de la mujer apta desde un principio para las labores y cuidados interiores, y la del varón para los trabajos y cuidados de fuera. Dispuso también que el cuerpo y la mente del hombre pudieran soportar mejor los fríos y el calor, los viajes y las guerras, y en consecuencia le impuso los trabajos de fuera.”

Si el hombre estaba capacitado naturalmente para enfrentar la guerra y las inclemencias del clima, la mujer tendría aptitud natural para criar a los hijos, así como también para vigilar los víveres, dado su natural temor, que era mayor al del hombre:

“En cambio, a la mujer, al darle un cuerpo menos capaz para estas fatigas, la divinidad le encomendó, me parece a mí, las faenas de dentro. Y sabiendo que había inculcado en la mujer y le había encargado la crianza de los niños recién nacidos, también le adjudicó en el reparto un mayor cariño hacia los recién nacidos que al hombre. Como también encargó a la mujer la vigilancia de los víveres: sabiendo la divinidad que para la vigilancia no es malo ser de carácter medroso, infundió en la mujer un grado mayor de miedo que en el hombre.”

El hombre, más audaz por gracia divina, entonces, tendría mejor capacidad para defender la hacienda de invasiones o ataques extranjeros, pero, en cualquier caso, dado que ninguno de los dos podía producir todo al mismo tiempo, lo mejor era la complementariedad. Es decir, la división del trabajo allí donde cada individuo tuviera ventajas sobre el otro.

“Pero sabiendo que tendría necesidad de defenderse el que se encarga de las faenas de fuera, si alguien intenta hacerle daño, le dio a su vez a éste una mayor parte de audacia. Como ambos tienen necesidad de dar y recibir, dio a ambos equitativamente memoria y atención, de tal modo que no podrías distinguir si el macho o la hembra tienen ventaja en este aspecto. (…) Y como ambos por naturaleza no tienen las mismas aptitudes, precisamente por ello se necesitan mutuamente, y la pareja es más provechosa porque uno puede lo que al otro le falta…”[16]

Lo propuesto por Jenofonte podría escribirse en forma de cuadro de doble entrada, tal como cuando en clases de economía explicamos el principio de las ventajas comparativas.

 

Tareas “fuera de casa”

Tareas “del hogar”

Hombre

100

50

Mujer

50

100

Si los números implican un nivel e productividad en cada faena, entonces es claro que el hombre tiene ventajas absolutas en la producción fuera de casa, mientras que la mujer la tiene en la producción del hogar. Y así, la forma de obtener un máximo puntaje, es que el hombre trabaje afuera y la mujer trabaje puertas adentro.

Tal vez sea interesante notar que esta forma de organización permaneció inalterada por un muy largo período de tiempo. Puede decirse que recién en el Siglo XX este paradigma comenzó a cuestionarse y modificarse, siendo hoy en día altamente inapropiado para describir a gran parte de las sociedades modernas.

La importancia del capital humano

Otra de las claves de la prosperidad para Jenofonte es la de conocer aquello que se quiere trabajar. Es decir, incorporar educación y capacitación para el trabajo. En este sentido, se anticipa Jenofonte a la más moderna idea que vincula la acumulación de capital humano como driver de productividad.

Refiriéndose a la cría de caballos, Sócrates le explica a Critobulo que existen individuos distintos que, realizando la misma actividad, alcanzan diferente fortuna. Tras ello le cuenta que si él estuviera obligado a servirse de dicha actividad, entonces sería insensato no procurar dejar de ser un ignorante en la materia.

Luego pasa a las tareas del hogar, donde pone al marido en lugar del proveedor de capital humano de la esposa:

“En cuanto a la mujer, si instruida por el marido en el bien se porta mal, tal vez en justicia tendría ella la culpa, pero si el marido se vale de ella a pesar de su ignorancia, sin haberla educado en el camino del bien, ¿no será él el que cargue con razón con las culpas?”[17]

En la misma línea se expresa Iscómaco más adelante cuando Sócrates le pregunta, sorprendido de su éxito, si fue él mismo el que enseñó a su mujer a ser buena administradora del hogar, o bien si había llegado así a su vida. Iscómaco luego explica que su mujer, mediante la enseñanza, podrá hacerse cargo de “una esclava que no sabe hilar, la instruyas y dobles el valor que tiene para ti”.

Sobre el arte de la agricultura, Sócrates opina que es un arte que “hace ricos a los que lo conocen, pero condena a los que lo ignoran”, destacándose una vez más el factor del conocimiento, el saber hacer.

Conclusión

Hacia el año 350 a.C. apareció en Grecia el que hoy es considerado como el primer libro de economía. De hecho, al título del texto le debemos el nombre de nuestra ciencia, más allá de que en su contenido específico, pueda tratarse más de un trabajo sobre la administración, que sobre la economía propiamente dicha.

Sin embargo, muchas de las lecciones vertidas en el libro por el filósofo griego Jenofonte hoy pueden considerarse como pilares fundamentales del pensamiento económico actual. El valor subjetivo de los bienes, y la importancia del interés propio, los incentivos, la división del trabajo y la educación para alcanzar mayores niveles de riqueza, son todas ideas que -aunque expresadas allí de forma algo primitiva- son ampliamente aceptadas por los economistas.



[1] Jenofonte: “Recuerdos de Sócrates · Económico · Banquete · Apología de Sócrates” P.213

[2] Ibid, p. 221.

[3] Ibid, p. 215.

[4] Menger, Principios de Economía.

[5] Ibid 1, p. 219.

[6] Ibid. P. 222

[7] Ibid. P. 272.

[8] Mankiw, Gregory (2012). Principios de Economía, p. 13.

[9] Ibid. P. 284.

[10] Ibid. P 286

[11] Ibid. P. 288

[12] Smith, Adam: “La riqueza de las naciones”.

[13] Ibid 11. P. 229.

[14] Ibid. P. 253

[15] Mises, Ludwig von: “Socialismo: análisis económico y sociológico”. Unión Editorial, Madrid, 2009. Páginas 181 – 183.

[16] Esta y las anteriores tres referencias provienen de Ibid. P 241 y 242.

[17] Ibid. P. 225.

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