Manzanas con sal y el derecho a expresarse libremente

Iván Carrino / Martes 12 de enero de 2021 / Dejá un Comentario

José es un agricultor neuquino que despertó un día con una idea que a él le pareció absolutamente genial: cultivaría sus manzanas de siempre y agregaría, mediante un proceso libre de daño para el consumidor, un sabor salado para las mismas. Comenzaría así la era de las “manzanas saladas”, un producto único y revolucionario.

Tras producir la primera tanda de unos cuantos cientos de manzanas, José fue a hablar con los dueños de las principales cadenas de supermercado, que en el país -supongamos- representan el 95% de las ventas del sector. Esta porción de la torta, además, está dividida en tres cadenas, llamadas “San Telmo”, “Obelisco”, y “Mar del Sur”.

Visita a los Supermercados

María es la gerente de compras de San Telmo. Escuchó atentamente a José, pero rechazó la idea de admitir las manzanas con sal. Para ella, éstas no iban a tener demanda de los consumidores e iban a representar un quebranto para su supermercado.

Sin perder la esperanza, José se acercó a Mariano, CEO de Obelisco y amigo suyo de toda la vida. Mariano le dijo que no era un tema personal con él ni con su negocio, pero que esto de vender manzanas con sal podía traerle problemas con el ente regulador de los alimentos, y que prefería evitar ese potencial problema.

Por último, en Mar del Sur le dijeron que de ninguna manera se les ocurría admitir manzanas saladas en su supermercado. Que filosóficamente estaban en contra de semejante locura y que alterarle el gusto a la manzana iba contra los principios de la empresa.

Al contar su historia en las redes sociales, algunos comenzaron a especular con que -en realidad- las cadenas de supermercados se habían puesto de acuerdo para coartar la libertad de José y conspirar deliberadamente contra él. Que los argumentos eran puras mentiras.

Como sea, el hecho es que ahora José no puede utilizar el canal de distribución que tenía en mente y, digamos, tiene pocas alternativas. Todavía puede vender en la puerta de su casa. O puede intentar colocar su producto en otro tipo de negocios, o bien puede comprar algunos vehículos e intentar salir a vender de forma ambulante.

Libre empresa, abundancia y libre expresión

¿Qué tiene que ver todo esto con las “big tech” y las denuncias de censura por haber sacado a Trump y otros de su ecosistema?

Que podemos pensar en Trump como si fuera José, su mensaje como si fueran las manzanas con sal y las cadenas de supermercado como si fuesen Twitter, Google y Amazon.

Para las big tech, lo que Trump y algunos de sus seguidores tienen para decir no es agradable, motivo por el cual deciden sacarlos de su ecosistema.

¿Eso limita la libertad de expresión de Trump? Si respondemos que la decisión de los supermercados no limita la libertad de comerciar de José, deberíamos concluir que la libertad de expresión de Trump tampoco se ve dañada.

En este sentido es importante no confundir libertad con abundancia. Es que libertad es no ser coaccionado por otros, mientras que abundancia es tener muchos medios a disposición.

Una definición correcta (al menos para el liberalismo) de libertad es ausencia de coacción -o amenaza de ella- por parte de terceros. Si una cadena (o todas ellas) no está dispuesta a aceptar mi producto, no amenazan con coaccionarme, no están tirando mi producto (mi propiedad) a la basura. En ese sentido, no lesionan mi libertad.

Una definición errónea de libertad es considerar que cuantas más cadenas de distribución acepten el producto, más libre se es. Esto es confundir la abundancia de alternativas para colocarlo con la libertad de ofrecerlo. Y el punto de vista liberal es que las instituciones deben garantizar  la libertad de ofrecer lo que uno quiera ofrecer, pero no pueden de ninguna manera generar la obligación al otro de aceptarlo.

El caso de Trump es similar. Incluso cuando empresas con enorme participación de mercado decidan excluirlo de su ecosistema, no podemos decir que su libertad de expresión esté vulnerada. Trump  todavía tiene alternativas para expresarse, como José tiene alternativas para ofrecer sus manzanas. Claro, tal vez no son canales tan masivos como las redes sociales / cadenas de supermercado. Pero ni José ni Trump son los dueños de las cadenas o de las empresas tecnológicas, así que no tienen por qué invadir su derecho de propiedad.

En el único caso donde enfrentaríamos una menor libertad, tanto de expresión como de empresa, sería si el gobierno persiguiera a Trump o a José por lo que hacen. En ese caso, el presidente de los Estados Unidos no podría siquiera escribir un newsletter (digital o físico), sin arriesgarse a ser atrapado por la policía. Y lo mismo puede decirse de José, no podría ni vender en un carrito de la costanera, puesto que los inspectores de la ANMAT estarían buscándolo para multarlo.

Una ley de góndolas para Twitter

Para ir cerrando, comento que acudo a este ejemplo porque la Ley de Góndolas, que básicamente obliga a las cadenas de supermercados a aceptar productos de determinados productores, ha sido muy criticada por liberales y por quienes, en la derecha del espectro ideológico, sostienen que las empresas deben tener derecho a decidir qué productos aceptan y cuáles no, incluso cuando las cadenas de supermercado sean un oligopolio.

No digo que las cadenas sean un oligopolio en Argentina, pero creo que hay consenso en “la derecha” de que incluso que ése fuera el caso, habría que rechazar la Ley de Góndolas en nombre la libertad de empresa.

Ahora el mismo criterio aplicado a las “big tech” indica que en nombre de la libertad de empresa deberíamos defender su derecho de excluir a aquellos a quienes deseen, incluso cuando se trate de alguien que a la derecha le caiga bien o lo consideren el líder supremo, da lo mismo. La pregunta, entonces, es por qué muchos no están dispuestos a aplicar el mismo criterio en ambos casos.

Volvamos a lo básico: la libertad de uno termina donde comienza la libertad de los demás. Y uno tiene todo el derecho del mundo a expresarse, pero no en la casa de un vecino que no quiere escucharnos. Y si nadie en el vecindario quiere escucharnos, sí, tendremos un problema, pero eso no nos da derecho a abrirles la puerta a las patadas.

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