La falacia de la torta fija

Iván Carrino / Viernes 4 de enero de 2019 / Dejá un Comentario

Para distribuir la riqueza, primero es necesario crearla.

La historia de Argentina es una historia de decadencia. De haber estado entre las primeras economías del mundo a principios del Siglo XX, hoy andamos por la mitad de la tabla de posiciones.

Además, recientemente la Universidad Católica Argentina divulgó sus estimaciones de pobreza. Para el centro de estudios, una de cada tres personas en el país vive por debajo de la línea de pobreza. Es decir, no tiene ingresos suficientes para acceder a una “Canasta Básica” de bienes y servicios.

En este tema particular hemos sido una verdadera Montaña Rusa. En 1980, se estima que la pobreza afectaba a cerca del 10% de la población. Con la hiperinflación de Alfonsín el registro llegó a 68,1%. Luego, durante los buenos años de la convertibilidad, la proporción de personas bajo la línea de la pobreza cayó por debajo del 27%, para luego volver a subir a 74,4% con la devaluación de Duhalde.

Durante el kirchnerismo ese guarismo cayó también, aunque no perforó el piso del 27%. Hoy el dato asciende a 33,6% de los argentinos.

¿Qué hacer en este escenario?

¿Cómo resolver este tema tan delicado y lamentable que le toca vivir a una economía que años atrás había soñado ser potencia?

¡Redistribuir!

Para muchos políticos, analistas e intelectuales, la solución a la pobreza es la redistribución del ingreso. Si solo los más ricos cedieran parte de su patrimonio e ingresos a los más pobres, sostienen, entonces los de abajo mejorarían sus condiciones de vida.

Si solo los dueños del capital ganaran menos, y compartieran sus resignadas ganancias con los trabajadores, éstos estarían mucho mejor.

Tal vez quien mejor expuso esta doctrina en el escenario político de Argentina fue el Teniente General Juan Domingo Perón, quien siendo presidente en 1974, explicaba:

En 1955 el trabajador recibía un 47,6% del producto neto; las empresas recibían el resto. En ese momento los obreros perciben el 33% del producto bruto y el 67% corresponde a los patrones. Eso tenemos que nivelarlo sin provocar una destrucción de valores. Tenemos que lograrlo por un acuerdo mediante el cual un día se sacrifica uno y otro día lo hace otro(…) Ese equilibrio, que actualmente está roto, lo impondremos poco a poco, hasta llegar nuevamente a lo que el justicialismo aprecia debe ser: un 50% del producto para cada una de las partes.

Del análisis de Perón se extraen algunos puntos interesantes. En primer lugar, que el ideal de distribución de la riqueza del peronismo es 50% y 50%. Es decir, la mitad de la producción nacional para los capitalistas, y la otra mitad para los trabajadores. He ahí una distribución justa de la riqueza nacional.

El segundo punto es que textualmente sostiene que el esquema para llegar desde la situación vigente (33% y 67%) a la situación ideal es uno de “sacrificio” mutuo. Donde un día se sacrifica uno y al otro día se sacrifica otro.

Respecto del primer punto, sin embargo, habría que preguntarse: ¿qué tiene de bueno una distribución 50% y 50% si el esfuerzo por generar esa producción es distinto?

Pongamos un ejemplo para que se vea más claro: si dos amigos se juntan a construir una casa en un barrio, y Mariana realiza 70% del esfuerzo mientras que José realiza el 30%, ¿quién diría que es justo que, el día que vendan la casa (el producto), ambos recibieran 50% del total?

Primera conclusión: antes de la distribución hay que pensar en la contribución, que es algo bien distinto. En ocasiones, no hay nada de justo con distribuir la producción de manera igualitaria.

El segundo planteo se deprende casi naturalmente de lo que se conoce como la falacia de la torta fija. Es que si la producción nacional es un pastel fijo para compartir entre dos, sin importar quién contribuye a crearlo, entonces estamos siempre en un conflicto de clases o grupos que es irreconciliable.

Par que uno mejore su situación, otro tiene que empeorarla. La economía, desde esta perspectiva, es un juego de suma cero. Un juego de sacrificio permanente.

Es decir, un horror.

¿Existe algo mejor? Sí.

Torta grande, torta chica

La falacia principal de los redistribucionistas es la de asumir que existe una torta fija que se debe distribuir para generar resultados justos y superar así la pobreza.

Obviamente, esta teoría es falsa.

En primer lugar, porque la Producción Nacional, así como una simple torta hecha con harina, levadura y huevos, debe ser creada. Si nadie produce la torta, entonces no hay nada que se pueda distribuir o re-distribuir.

La clave, entonces, pasará por el tamaño que esa torta tenga.

Pongamos un sencillo ejemplo numérico:

—-> El 10% de $ 100 es $10.

—-> El 50% de $ 100 son $50.

Puestos a elegir entre una cosa y la otra, claramente vamos a optar por recibir el 50% en lugar del 10%.

Ahora bien, si a estas dos opciones le sumamos una tercera que constara de recibir el 10%, pero de una torta de $ 1.000, ¿qué preferimos?

En este caso, incluso obteniendo algo por encima del 10% del total, la persona es más rica que llevándose el 100% de la primera torta.

El problema, entonces, no es la distribución equitativa, sino el nivel de ingreso de una sociedad.

Mayor crecimiento, menor pobreza

He aquí la clave de la cuestión. En la medida que la torta vaya creciendo con el tiempo, no importa si el trabajador se lleva 10%, 25% o 50% del total. Siempre estará mejorando su situación, así como todos los demás.

Es decir, su beneficio no implicará el sacrificio de un tercero. No hay juego de suma cero.

Y eso es lo que ha venido sucediendo a nivel mundial durante el último siglo. La pobreza ha caído espectacularmente desde 1820 hasta nuestros días, precisamente porque la economía global creció y mucho.

De acuerdo a los datos recopilados por Max Roser, en 1820, sobre un total de 1.080 millones de personas que habitaban el globo, 1.020 millones estaban por debajo de la línea de pobreza. Para el año 2015, este número no solo había caído en términos absolutos (a 705 millones) sino increíblemente en términos relativos, ya que la población mundial alcanzó los 7.350 millones.

Para terminar, la solución al problema de la pobreza no es la redistribución del ingreso, sino su creación. Y eso solo es posible cuando hay crecimiento económico.

El verdadero milagro de nuestro tiempo es precisamente ese: cada vez somos más habitantes en nuestro planeta, y cada vez hay menos pobres.

Si no entendemos esto en Argentina, estaremos condenados a repetir nuestra historia de fracaso económico y social.

Publicado originalmente en ContraEconomía.

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